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domingo, 14 de julio de 2013

El espionaje en Suramérica y la paradoja del caso Snowden


 
Victor Hugo Matos
El caso de Edward Snowden ha tenido amplia repercusión internacional, en la medida en que sus “revelaciones” han demostrado la existencia de una red estadounidense de espionaje de alcance internacional, la cual se enfoca en el uso de la Meta-data (grandes cantidades de información) y la vigilancia de equipos electrónicos por parte de la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU (por sus siglas en inglés, NSA) mediante el programa PRISM, lo cual a pesar de sonar bastante novedoso resulta ser una extensión de programas como “Echelon” o “Carnivore” cuyas características son de dominio público.

No obstante, a pesar de que en muchos países de la región se ha criticado la existencia de esta red estadounidense de espionaje, considerándola como una situación “grave” y “asombrosa”, en los últimos años se han producido diversos casos donde se han producido verdaderas escuchas ilegales sobre ciudadanos y políticos, lo cual revela como es el comportamiento de la Comunidad de Inteligencia en Suramérica y como se tiende a mirar a otro lado cuando el espionaje “ilegal” lo realizan los Estados de la región.

En primer lugar, toca hacer mención de un caso  muy sonado en Argentina, donde se develó una trama de escuchas ilegales realizados por la Gendarmeria Nacional conocida como “Proyecto X”, las cuales se integraban a un programa que, según se descubrió, generaba  informes de personas, donde se describían sus actividades políticas, su poder de convocatoria, y sus filiaciones partidarias. A esto se le añade el establecimiento de un sistema de registro biométrico de información, cuyos efectos sobre la información privada generan tanta suspicacia que hasta el propio Julian Assange ha llegado a criticar a Argentina por su sistema de vigilancia rígido e “invasivo”.

Otro caso donde las escuchas ilegales también generó un fuerte impacto mediático, al menos a nivel nacional, fue el caso de la vigilancia ilegal de la Agencia Brasileña de Inteligencia (ABIN) a políticos brasileños como Gilmer Mendes, quien es ministro del Tribunal Supremo Federal de Brasil y que implicó la participación de 56 agentes de dicha agencia, que supuestamente estaban participando en la “Operación Santiagraha”  de anticorrupción,  sobre los cuales recayó la acusación de  colocar micrófonos de forma ilegal.

A estos ejemplos de espionaje en la región hemos de sumarles otros casos como el de el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en Colombia, donde se vigiló a diversos elementos dentro de la sociedad civil mediante grabaciones ilegales durante los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos o las grabaciones que se sacan a la luz en Venezuela de forma recurrente, por parte de ambos sectores del espectro político y cuya facturación reúne todas las características de una grabación ilegal.

Es visible entonces, que si tuviera que definirse cuáles son las características de la Comunidad de Inteligencia en Suramérica, nos encontraríamos con una serie de organismos que actúan de forma desproporcionada, muchas veces sin una ley que limite su funcionamiento y, sobre todo, sin una correcta supervisión parlamentaria, algo que es esencial si se quiere insertar eficazmente las labores de inteligencia dentro del sistema democrático -lo que, en mayor o menor medida se realiza en EEUU.

Resulta paradójico entonces que algunos países de Suramérica se hayan mostrado asombrados por las acciones de espionaje realizado en sus países por EEUU y le hayan abierto las puertas a Edward Snowden, declarándose a sí mismos adalides del derecho a la privacidad, cuando en casa se permite la vigilancia a partir de escuchas ilegales a políticos de oposición, periodistas y magistrados, lo cual irónicamente va mas allá  del alcance actual sobre el cual puede actuar la NSA mediante el PRISM.

Tampoco luce muy ética -a la luz de todo lo expuesto-, la Declaración emitida por la XLV Cumbre de Jefes de Estado de MERCOSUR expresando su solidaridad con los gobiernos de Bolivia, Nicaragua y Venezuela por el ofrecimiento de asilo en beneficio del ex-agente Snowden y rechazando las presuntas acciones de espionaje de EEUU contra la región.

Cuando la moral no nos asiste completamente, y tampoco existen intereses vitales directamente involucrados en un asunto, quizás sea mejor guardar un discreto silencio. De lo contrario, caemos en un torneo de retórica llena de sofismas y corremos el riesgo de tomar acciones imprudentes.

lunes, 1 de abril de 2013

Los recortes fiscales y su impacto en el uso del poder duro de EEUU


Victor Hugo Matos
El poder duro (en inglés, Hard Power) es un concepto de uso común en las relaciones internacionales que describe la capacidad de un Estado de imponer sus necesidades estratégicas a otro mediante el uso de una diplomacia de carácter ofensivo y de su propio poder militar. Es un hecho en sí mismo, que el poder duro ha sido la base de la política exterior estadounidense desde finales de la Guerra Fría, alcanzando su mayor auge durante el período conocido como “Guerra contra el Terrorismo”.
 
No obstante, la crisis económica del 2009 ha terminado por poner en duda la viabilidad del poder duro como elemento predominante en la política exterior de EEUU, como ya ha hecho con las perspectivas positivas que rodeaban la integración europea. La necesidad de revitalizar la economía, ha llevado a las elites políticas estadounidenses a repensar como lidiar con los conflictos internacionales de forma más selectiva, sobre todo en un momento donde los recortes presupuestarios acordados en el Congreso estadounidense reducen el margen de maniobra del gobierno de EEUU en el exterior.
 
Recordemos que el Presupuesto de 2013 estipula un gasto de defensa de 633 MMM$, una reducción importante desde los 728 MMM$ contenidos en el Presupuesto de 2012. Además, la Administración Obama ha planeado reducir en 487 MMM$ el gasto de defensa en la próxima década. Todo ello, reflejando el final de la “Década de Guerras” y dando prioridad a la región Asia-Pacífico. A todo esto debe sumarse, el impacto de los recortes automáticos de gastos (en inglés, sequester) han generado un impacto adicional de 47 MMM$, el mayor recorte del gasto de defensa en la historia de EEUU.
 
La necesaria adaptación que tales circunstancias exigen, no ha tardado en darse en la forma como se enfoca la utilización de los instrumentos diplomático y militar, lo que ha sido favorecido por la Administración Obama. En el aspecto diplomático, EEUU ha decidido cambiar el unilateralismo como principio de su comportamiento internacional que había mantenido desde el 11-S, por una aproximación conjunta, fortaleciendo sus relaciones con países aliados y buscando que la nueva arquitectura internacional sea construida no por EEUU en solitario sino en conjunto con otros Estados para poder repartir la carga que esto implica; una aproximación, que es compatible con el concepto del “gobierno de los más capaces” -en vez del gobierno de un Hegemón- propio defendido por el Neo-liberalismo en el marco de la Teoría de las Relaciones Internacionales.
 
En la perspectiva de la seguridad,  también se observa un cambio importante, dado que por un lado el concepto de conflicto se ha transformado, generando la necesidad de operaciones quirúrgicas y encubiertas para cumplir con un objetivo especifico, por encima del despliegue convencional de grandes contingentes de tropas; y por el otro lado han variado los criterios sobre los elementos que se consideran amenazas para la seguridad nacional dentro de la comunidad militar y de inteligencia de EEUU. Ambos factores, han obrado en tal sentido, que el Pentágono en conjunto con el Consejo de Seguridad Nacional, han comenzando a estudiar cómo adaptar los 5 componentes de las Fuerzas Armadas estadounidenses y las agencias de inteligencia para los conflictos de las próximas décadas.
 
Lo destacable de todo esto, es que el giro en la política exterior estadounidense ha tenido replicas en la forma en que las alianzas se forman o actúan, como el caso del reacomodo dentro de la OTAN para reequilibrar la distribución de fuerzas, y el renovado Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico, que si bien es una alianza economica, tiene ramificaciones politicas y de seguridad; todo lo cual se acopla bien a  esta nueva visión sobre el papel de EEUU en el Mundo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Inteligencia y Relaciones Internacionales: perspectivas de una relación simbiótica


Victor Hugo Matos

En el mundo de la inteligencia, pese a lo que la sabiduría común pueda hacernos pensar, existen algunas discusiones teóricas respecto a que es la inteligencia en sí y cuáles son las actividades centrales que se llevan a cabo a partir del concepto de inteligencia que se maneje. En su libro “Silent Warfare: Understanding the World of intelligence”, Abram Shulsky y Gary Schmitt exponen la existencia de dos tendencias respecto a lo que es la inteligencia: La primera es la visión común respecto a la inteligencia como un sistema estructurado de engaños, información clasificada y operaciones secretas; la segunda, se trata de una perspectiva más científica que se enfoca en el análisis de información tanto confidencial como de fuentes públicas, teniendo este ultimo su origen en el pensamiento de inteligencia estadounidense de la Postguerra.
 
Ahora, habiendo entendido esto, resulta fácil comprender que aquellos países con redes de inteligencias desarrolladas y enfocadas en tareas más allá del espionaje clásico, logran mediante estas, llenar los vacíos de información a los que se enfrentan las personas encargadas de formular la política exterior de dichos Estados; para lo que claramente, es necesario que exista una correcta comunicación entre los que formulan la política exterior y los que recaban y analizan la información.
 
En el caso de Venezuela, el modelo de inteligencia se mantiene bajo la concepción clásica enfocada exclusivamente en la seguridad nacional, con una alta participación en las estructuras de seguridad interna del tipo policial (al menos en su rama civil), lo que impide que se puedan generar una estructura eficiente de análisis de inteligencia y limita la operatividad práctica de organismos como el SEBIN a simples acciones policiales.

Resulta necesario entonces repensar el modelo inteligencia venezolano, adaptándolo a las necesidades de la política exterior y a las dinámicas de seguridad regional y mundial.