Mostrando entradas con la etiqueta Diplomacia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diplomacia. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de agosto de 2016

Diplomacia e interés nacional


Prof. Eloy Torres

No quisiéramos parecer fastidiosos con el tema de Lenin y la política exterior soviética. Felizmente, viene en nuestra ayuda Rafael Poleo, el agudo articulista y a quien respetuosamente cito, pues, reiteradamente, utiliza, para sus trabajos, como epígrafe, una frase de André Gide: “Todas las cosas son ya dichas; pero como nadie escucha, es preciso comenzar de nuevo”. El caso es que hay que observar los éxitos de los otros y no solamente aprender de nuestros errores, como quien dice. Lenin llegó al poder en Rusia en 1917, convencido de su cruzada anticapitalista para lo cual proclamaba “ingenuamente” la abolición de la diplomacia secreta. Lo más seguro fue una “trampa caza bobos” para cazar incautos, pero le resultó. Su país era, axiológicamente, muy desvinculado de los centros democráticos y culturales occidentales, mientras nadaba, a placer, en el autoritarismo zarista de los Romanov. Según indica la historia, Lenin -el hombre de rasgos asiáticos, como le llamare Allan Dulles, a la sazón funcionario del Departamento de Estado de los EEUU, acreditado ante el gobierno suizo, para seguir de cerca los pasos de los rusos durante la Primera Guerra Mundial en la tierra de Guillermo Tell-  fue exitoso pues sabía lo que quería y no actuaba con desconocimiento de las cosas. 

Lenin, pronto comprendió que no es lo mismo “pedir agua que dar agua”. Él cambió su postura inicial, enmarcada en el más puro idealismo político por el realismo político, y así construir una conducta exterior coherente. Su primer acto de política exterior fue un contradictorio decreto: “Una paz sin anexiones ni indemnizaciones”. La Triple Entente lo rechazó. Rusia lo firmó, con Alemania; fue la Paz de Brest–Litovsk en marzo de 1918 y cedió casi 1.000.000 de kms2. Lenin abandonó la fraseología hueca de la “guerra revolucionaria” e impuso su tesis: “ceder espacio para ganar tiempo”. Una demostración racional ante la posibilidad de perderlo todo. Luego de firmada la Paz, Rusia enfrentó otros conflictos: tropas extranjeras intervinieron en la guerra civil rusa, para ayudar a los enemigos de los bolcheviques; Polonia ocupó Ucrania, mas fue rechazada. La incoherencia de ésta en sus objetivos, permitió que Rusia la derrotase y llegase a Varsovia. Luego surgió la URSS que duró hasta 1991. Ella cayó sin disparar un tiro. Se “auto disolvió”.

Después de finalizada la “Gran Guerra” en 1918, Rusia y Alemania, países firmantes de esa paz, fueron considerados Estados proscritos: Rusia, catalogada como un experimento finito y aquellos que argumentaron esa idea, tuvieron razón; la URSS, se agotó pero, en 1991. Luego, Alemania, derrotada ella, sobre la cual privó un conjunto de mecanismos coercitivos que la dejaron exhausta y sin posibilidad de rearmarse. Hitler, mientras consumía acontecimientos para mostrar luego, gracias a la URSS, los deseos revanchistas. El caso es que Europa nos tomó en cuenta la peligrosidad de ambos países. Grave error. 

Chicherin, el fundador de la diplomacia soviética, mostró habilidades, por ser dueño de  valencias que todo negociador debe tener. Entre ellas, y la más significativa, dominar el idioma del recato y la prudencia, jamás la procacidad ni la insolencia. Él, aparte de hablar, ruso, inglés, alemán, francés, italiano y español; cuando hablaba con los representantes de los gobiernos, abiertamente enemigos del suyo y de la revolución bolchevique, jamás despotricó de ellos. El caso es que gracias a sus habilidades, este diplomático logró que los EEUU anularan las restricciones comerciales a Rusia en 1920, a pesar que el Tratado de Paris no le confirió la importancia que ella disfrutó cuando los Romanov. Lo mismo pasó con Gran Bretaña en 1921. Ésta reconoció a la URSS, lo que evidenció su consolidación internacional. No había cabida para los insultos. 

La realidad cambió considerablemente. Alemania y Rusia, inicialmente enemigos, luego se aliaron, como la URSS y Alemania. La ceguera del idealismo político europeo los hermanó. Entre ambos construyeron una alianza que fue rota por el mesianismo hitleriano. Ellos se acordaron militarmente en secreto e impulsaron la cooperación económica. Lo que ocurrió después de 1941 es otra discusión. La URSS y Alemania vivían una contradicción interna. Inexplicablemente construyeron esa alianza, a pesar de que ninguno creía en ella. Para Alemania, era en cierto modo, inconcebible esa alianza. Para la URSS igual, se trataba de coexistir con un Estado burgués. Esa postura la mantuvieron, por ser realistas. “El capitalismo existe y había que coexistir con él”, decía Chicherin, quien había adoptado su visión sobre el Mundo a la realidad. 

Esa fue la diplomacia soviética: cuidar de la URSS y para lograrlo había que “entenderse”. Se impuso una diplomacia coherente y de conformidad con su interés nacional. Lenin, al principio, con los comunistas soviéticos, apostó por la revolución mundial, pero, jamás se sentaron en una mesa a jugar, al sacrificio de su soberanía, en aras de la ideología comunista. Su diplomacia siempre se guió por objetivos permanentes, entre ellos, superar la difícil realidad económica que la acechaba. Venezuela debe verse en ese espejo y procurar defender su interés nacional. No obstante, la política exterior de estos 17 años se ha aferrado a un muy dañino esquema ideológico. El mismo se resume exclusivamente, y a toda costa, a la defensa de un régimen perverso y no del país. 

Éste, mientras tanto, sufre las consecuencias. No hay leche para los niños, azúcar, café, papel toilette, carne, ni jabón. Se insiste dogmáticamente en una guerra económica. Internacionalmente, el país se ve, como el cuento “El Rey está desnudo”. El régimen exuda ausencia de prácticas democráticas al boicotear lo que indica el texto constitucional. Éste también exhala ausencia en la observación de los objetivos permanentes del Estado en materia de política exterior. La obligación de éste, por ejemplo, debe ser, entre otros: velar por las fronteras del país frente al entorno vecinal. Todos los países lo hacen. Éste no. Hoy, observamos atónitos la falta de respuestas serias y acordes con una política firme y  responsable frente a Guyana. 

Ésta, prácticamente nos saca la lengua, para hablar en criollo, mientras el gobierno orquesta toda una batería de insultos a la comunidad internacional, en lugar de preparar, con expertos, los escenarios y trabajar en ellos, con la finalidad de minimizar las posibles situaciones embarazosas que pudieren derivar del “asunto del Esequibo”. Nada, la política exterior y nuestra diplomacia se mueven con facilidad, aparte de la procacidad, para la difusión de la idea acerca de un “Comandante Eterno” y un “presidente obrero”. No nos imaginamos cuando Guyana avance exitosamente en esa materia y Venezuela, una vez más, “pierda” territorios, sin disparar un tiro; esta vez el Esequibo, y en consecuencia, nos veamos trancados, en nuestra salida al Atlántico, gracias a esa absurda verborrea ideologizada en lo que se transformó la política exterior. Me atrevo a recordar que otros factores vecinales buscarían aprovechar esta debilidad bolivariana para “despertar” pretensiones territoriales. La historia de las relaciones internacionales es un reservorio de ejemplos. 

La política exterior no puede limitarse sólo a la defensa del régimen; pues, el país es mucho más importante. Las energías del Estado no se pueden volcar en un sólo individuo. Tampoco la política exterior debe promover enfrentamientos en la región, so pretexto de que si algún gobierno no está de acuerdo con el venezolano, el venezolano, automáticamente, viste el traje de carro chocón para insultar y amenazar a esos gobiernos, luego generar crisis políticas en las organizaciones hemisféricas. Ésta, ha sido constante, durante los 17 años de la Revolución Bolivariana. Hoy, es patéticamente más visible esa actuación. Hay que cambiar el gobierno, la política exterior, como también hay que hacerlo con su instrumento principal: la diplomacia.

@eloicito

miércoles, 27 de julio de 2016

A propósito de la nueva diplomacia


Embajador (r) Julio César Pineda

El nuevo gobierno de nuestro país que llegará tarde o temprano por vía constitucional y por elecciones, con un nuevo planteamiento ideológico y político, con un proyecto económico y social diferente, con el respaldo institucional de las Fuerzas Armadas y de las mayorías nacionales; tendrá que desarrollar una Política Exterior profesional en base a los objetivos nacionales pero acorde con las demandas del Sistema Internacional y la Geopolítica del Mundo de hoy. Presentar al Mundo y a nuestra región, una nueva diplomacia.

La diplomacia es la técnica y el arte de las Relaciones Internacionales. El rol fundamental lo desempeñan los diplomáticos quienes actúan por los gobiernos en función del dilema, la guerra  y  la  paz  entre  los Estados y de la cooperación  internacional. El  Jefe  de Estado o de Gobierno, tiene un papel esencial en la relación entre los Estados. La diplomacia desarrolla los  vínculos entre los Estados con el establecimiento de relaciones permanentes.

Hoy la diplomacia como técnica de las relaciones internacionales y fundamentadas en el derecho internacional, presenta múltiples facetas, manteniendo su importancia la diplomacia bilateral tradicional (entre Estados) pero dándole mucha importancia a la diplomacia multilateral (organizaciones internacionales) y diferenciada cuando se trata de aspectos económicos, culturales y científicos.


Actualmente, el documento fundamental vigente en la diplomacia para regular la actividad de las embajadas y los diplomáticos es la Convención de Viena 1961. Las Embajadas, están comprendidas por el Jefe de la Misión y el personal diplomático, técnico y administrativo nombrado por el Estado acreditante con funciones diplomáticas en el Estado acreditado. En un país el cuerpo diplomático es el grupo de agentes diplomáticos de las diferentes Embajadas acreditadas. El Jefe de Misión es el Embajador, bajo cuya autoridad están los Ministros Consejeros, los Consejeros y los Secretarios.

Un Jefe de Misión puede estar acreditado en diferentes países. El número de funcionarios diplomáticos se expresa por acuerdos entre los Estados. El Estado acreditante antes de nombrar al Embajador solicita el visto bueno (Placet) del Estado acreditado. El Embajador presenta sus Cartas Credenciales ante el Jefe de Estado o ante el Director General de un Organismo Internacional.

La inmunidad diplomática, los privilegios e inmunidades se le facilitan al diplomático para ejercer sus funciones con total independencia. La nueva diplomacia deberá regirse por los acuerdos y tratados internacionales pero también por las exigencias de la Constitución y leyes de la República. Deberá ser más eficiente y más calificada que la actual, donde abundan militares y solo militantes del partido del gobierno. Una diferente ley de Servicio Exterior permitirá nuevamente instaurar la carrera diplomática bajo concurso y en función de credenciales académicas. Volveremos a la diplomacia de la IV República pero mejorándola y adaptándola a las nuevas exigencias del siglo XXI. En este sentido referimos nuestra experiencia de más de 30 años en la actividad diplomática venezolana en diferentes países y en diferentes gobiernos.

En 1969, cuando se iniciaba el primer gobierno del Presidente Caldera, se nos permitió ingresar al servicio diplomático venezolano después de cumplir con todas las exigencias del Ministerio de Relaciones Exteriores, a un grupo de jóvenes. Entre ellos, Roy Chaderton, Milos Alcalay, Erick Becker Becker, Nelson Valera, Juan José Monsant y mi persona, todos profesionales universitarios. Con el Canciller Arístides Calvani iniciamos nuestra vida en el Servicio Exterior que nos permitió cubrir una larga carrera diplomática continuada y respetada por todos los gobiernos que lo sucedieron, hasta culminar en el último escalafón como Embajadores en diferentes países; y posteriormente durante el gobierno del presidente Chávez acogernos a la jubilación que nos correspondía, salvo nuestro compañero Roy Chaderton que aún ejerce como funcionario de la Cancillería. Muy importante para nosotros fue la oportunidad de desarrollar los principios y la práctica de la diplomacia durante los dos gobiernos del presidente Caldera, los gobiernos de los Presidentes Carlos Andrés Pérez, Ramón J. Velásquez, Jaime Lusinchi y Luis Herrera. Tenemos que señalar también el respeto y la consideración profesional que hacia nosotros existió por parte de las diferentes administraciones tanto de Acción Democrática como de Copei. Eran tiempos de la diplomacia profesional y de una Política Exterior de Estado. Volveremos a tener una racional Política Exterior y trabajaremos mejor con las exigencias de la política internacional.

@jcpinedap

miércoles, 15 de junio de 2016

LA OEA, Cuba, Venezuela y el lenguaje


Prof. Eloy Torres

No es mi deseo personalizar la discusión sobre la política de nuestro país. Sin embargo, no puedo eludir lo aprendido en el seno familiar, por cuanto uno refleja en público lo que se aprende en  casa. Es posible que algunos lectores de estas líneas conozcan buena parte de las cosas que en ellas aparecen; por lo que voy a generalizar, pero al mismo tiempo, prolijo en las cosas que pienso exponer. Yo crecí en un hogar comunista. Mi padre, fue un dirigente del Partido Comunista de Venezuela (PCV), honesto y verdadero sindicalista, que no reposero, forjador de organizaciones obreras, insurrecto, parlamentario, pero también, lo suficientemente inteligente para comprender que lo que él había hecho en su vida de revolucionario, conducía inevitablemente a un desastre, más allá de sus buenas intenciones, forjadas todas, en la creencia de un posible Mundo justo, respetuoso y elevadamente educado. Fundó el Movimiento al Socialismo (MAS), junto con Pompeyo, Teodoro, Freddy, Germán, Caraquita Urbina y otros tantos, al divorciarse del comunismo y de Stalin, como dice Teodoro Petkoff, justamente por creer en la democracia y por la cual luchó hasta sus últimos días, pues murió y se llevó esa creencia in pectore.

Para un hombre, como mi Padre, que hizo de su vida una verdadera universidad, dicho esto en términos de Máximo Gorki: fue un autodidacta. Apenas culminó el tercer grado de instrucción primaria y abrazó la política con espíritu de superación. Combatió la obscuridad de su tiempo con la filosofía galleguiana: superar la barbarie y alcanzar la civilización. Ésta, emanaba de una educación fraguada en la política, concretamente en el sindicalismo, instrumento fundamental de esta época. Se aventuró y escribió 4 libros, centenares de artículos y dictó cátedra de sindicalismo en múltiples cursos y conferencias a lo largo de su vida. Hay todavía muchos testigos vivos que pueden confirmar que lo escrito, no es mentira ni exageración filial.

Esto viene a cuento, pues jamás fue obsceno, vulgar ni escatológico. Su autoridad emanaba de su esfuerzo por superar sus dificultades existenciales con un sentido, por demás, de creer en la necesidad de crecer intelectualmente. Eso nos los inyectó en nuestra familia. Él -junto a mi Madre, a pesar de la enorme multiplicidad de contratiempos: clandestinidades, prisiones, persecuciones, limitaciones materiales- construyó un hogar decente; todos sus hijos graduaron y son gente de bien, como quien dice y siempre vimos en él, una especie de un profesor que busca que sus hijos hablaran correctamente, sin estridencias o vulgaridades. El comunismo, en nuestra familia, se mostraba con un lenguaje elevado y con libros para fortalecerlo. El poeta Goethe en uno de sus escritos sentenciaba: “Al hombre, cuando lo acompaña una recia voluntad, moldea el Mundo a su gusto”. Él, mi Padre, se formó a sí mismo y proyectó en su comportamiento y en nosotros, sus hijos, esa idea goethiana.

La experiencia nos indica que la política trae siempre sacrificios, momentos de tensión, de enfrentamientos, donde incluso, gracias a ella, puedes perder hasta la vida. Corría el año 62 y mi Padre, irresponsablemente, abrazó la insurrección armada para derrocar a Don Rómulo Betancourt. El PCV o una parte de ese partido habían comprado el ticket de la violencia. La ceguera se apoderó de la inteligencia de estos líderes, entre ellos, Eloy. Recuerdo un momento muy interesante. En enero de 1962; Cuba fue excluida de la Organización de Estados Americanos (OEA). Eran los tiempos de tensión por la Guerra Fría. El enfrentamiento con los EEUU estaba a flor de piel. Los discursos del líder cubano, tabaco en mano, eran desde nuestra entonces perspectiva, vigorosamente electrizantes. Fidel siempre fue un buen orador. Éste, sin embargo, a pesar de ser excluido su país, por inscribirlo en una realidad geopolíticamente extraña al Hemisferio: hay que decirlo, con razón o sin ella, Fidel, jamás se comportó procazmente. Fue polémico, duro, agudamente agresivo, empero en público, con sus enemigos, nunca se comportó con vulgaridades. Luego, su Canciller, el Dr. Raúl Roa fue un magistral hombre pleno de humor, sarcasmo y enamorado de su oficio.

El caso es que en una ocasión de intensos debates en la OEA; mientras Raúl Roa defendía con argumentosa su país; el representante norteamericano ante esa organización regional, tras escuchar el discurso de Roa, se le acercó y, palabras más, palabras menos, le dijo: “le felicito por su lenguaje, rico en anécdotas y sobriamente denso en argumentos”. Era una verdadera diplomacia, en la que no cabía la vulgaridad, grosería o actitudes destempladas por parte de ese ilustrado hombre, con quien podías estar de acuerdo o no; lo significativo es que su gobierno, a pesar de las grandes tensiones, en el seno de la OEA fue defendido con argumentos y no con insultos. 

El siglo XXI tenemos un gobierno venezolano que se comporta cual malandro o guapo de barrio. Me viene a la mente una cita del Dr. Hans Joaquín Leu, Profesor de Política Internacional en los cursos de Postgrado en la UCV; él siempre utilizaba la acepción conductista de Robert Merton, según la cual la política exterior es la conducta de un Estado frente al mundo exterior. El actual gobierno se comporta de una manera poco cónsona, no con los patrones elementales de una conducta exterior normal, sino de una manera irreflexiva, grosera y la cual, pasará mucho tiempo para que esos insultos e improperios sean borrados de los anales de las relaciones internacionales. La vieja sabiduría popular indica que nunca debes “tirar” la puerta tan duro, que luego no la podrás abrir. Quedarás encerrado.

La actitud del alto gobierno, sus desplantes ofensivos, su agresividad verbal, repleta de vulgaridades hacia el Secretario General Luis Almagro, demuestra un cocktail, peligroso, por demás, de ignorancia y audacia. Pretender copiar estilos de otros, caso concreto el de Fidel Castro, cuando su país fue expulsado de la OEA confirma su absurda audacia; luego ignoran que su actitud jamás, repito, mostró en público ese lenguaje vulgar. Fidel, pienso yo, hombre formado por los jesuitas, fue esclavo de esa educación. No hay que ser procaz para mostrar tus posturas. Estos chavistas-maduristas no ponderan las cosas. Ellos, reeditan mal los ejemplos. Fidel fue y es una tragedia, mas, repito siempre mostró educación. En tanto éstos, son una farsa, al copiar muy mal las posturas del líder cubano. No les importa el daño que le infringen a Venezuela con esas actitudes. Basta recordar una clásica frase que retrata a estos personajes: Après moi le deluge, atribuida reiteradamente a Luis XV, cuando, en realidad, fue su cortesana favorita: Jeanne-Antoinette Poisson, conocida como Madame Pompadour quien lo dijo. Ella, al consolarle, por sus derrotas militares lo decía, traducido a los términos criollos: ¡No le pares, después de nosotros que importa!

En tal realidad nos encontramos. Para la Venezuela democrática que de nuevo asomó la cabeza el 6 de diciembre de 2015, será muy difícil, que no imposible, reconstruir una nueva política exterior. El recuerdo de estos 17 años cuya sinfonía altisonante, procaz, grosera e irreverentemente torpe, que lejos de alcanzar, con dinero petrolero, lo que la política debe hacer para alcanzar un cierto respeto y liderazgo internacional, lo que ha hecho es mostrar lo contrario: corrupción, limitaciones de ideas, proyectos y una permanente delusion, como dicen en inglés; es decir, una falsa ilusión de creer en una “soberanía e independencia frente al imperio”, para lo cual se ha obligado a todo el país a una “guerra económica” que, desde su inicio, ha sido perdida, gracias a la corrupción edificada por estos mariscales chavistas-maduristas de la muela, del verbo. Nuestra futura conducta frente al Mundo exterior se deberá inscribir en la necesidad de encontrar el punto central del realismo político, que no ideologizado, mucho menos grosero o pendenciero.

No podemos seguir incidiendo en una adumbra que busca esconder lo que queremos realmente. Pero, para ello necesitamos de gente preparada, consustanciada con las ideas de la negociación, conocedores de historia, derecho, idiomas, pero fundamentalmente, el idioma de la buena educación y la prudencia. Ya basta de tanto escándalo, gritos y groserías. Ello no es propio del gentilicio venezolano, más bien es la expresión de este grupo de individuos quienes, en mala hora, conducen al país al desastre. Pero, también hay que decirlo: en sus filas, hay factores que están dando inicio a un proceso oposicionista al interior del oficialismo.

Felizmente, hemos comprendido que las cosas no se pueden presentar en blanco y negro. El chavismo-madurismo revela fisuras. Los más radicales insisten y no son, para nada, comedidos a la hora demostrar su falta de escrúpulos para robar o confiscar al país y convertirlo en su hacienda particular. Otros, exudan que no se puede ser indiferente ante tanta vulgaridad y ante tanto robo a la cosa pública. Ya se perciben los malos y podridos frutos de esta revolución. Son lo que Marx llamó: “la estufa de los nuevos tiempos”. Éstos, se edificarán con un lenguaje elevando, tal como lo quiso Don Rómulo Gallegos, cuando literariamente dibujó su positivismo civilizador, del cual mi Padre fue un seguidor y quien siempre me machacaba: “la política es un acto pedagógico y no un torneo de groserías”. Se trata del país y éste siempre estará aquí, los jerarcas chavistas- maduristas no.

@eloicito

martes, 7 de junio de 2016

¿Prohibir la diplomacia parlamentaria en Venezuela?


Embajador (r) Milos Alcalay

Ante el aislamiento internacional del gobierno de Maduro,  en vez de acatar la Doctrina Internacional y  los Acuerdos Internacionales que facultan a que nuevos sujetos de derecho internacional -como los parlamentarios- puedan estar presentes en Foros Internacionales, pretenden impedir su presencia “prohibiendo” por vía del TSJ  tanto  a los voceros oposicionistas como  (por absurdo que parezca)  a los organismos internacionales para exponer y conocer la verdad sobre la profunda crisis humanitaria que vive el país y el incumplimiento de los compromisos internacionales como los establecidos en la Carta Democrática Interamericana.

El más reciente episodio lo dio el Ex-Diputado Elvis Amoroso -de ingrata recordación por su responsabilidad al designar después de las elecciones del 6 D a los “magistrados express” -acudió al Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) para realizar una  nueva embestida contra  la Directiva de la Asamblea Nacional  para prohibirle a los diputados Venezolanos acudir a la OEA o a la ONU alegando que pretenden usurpar funciones del Presidente que es el “responsable de dirigir las relaciones exteriores de la República” (artículo 236 de la Constitución).

Nadie en su sano juicio puede negar esta atribución que tiene el Jefe de Estado, pero tampoco puede negarse el papel protagónico que tiene  en un mundo globalizado la “diplomacia parlamentaria” y en especial el papel de los Presidentes de los Parlamentos en la promoción y protección de la democracia y de los derechos humanos.

No es la primera vez que el oficialismo ha pretendido impedir que voceros oposicionistas hagan sus contactos internacionales. El despojo inconstitucional de las funciones parlamentarias de la Diputado María Corina Machado por acudir a la OEA, es una prueba del carácter autoritario que ejerció el entonces Presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, y cuyo exceso ahora pretende cumplir el Señor Amoroso desde Miraflores con el TSJ contra los directivos parlamentarios. La  medida ilegal adoptada para impedir las elecciones directas del Parlamento Latinoamericano con lo que pretendían impedir la presencia oposicionista, resultó en un fracaso debido a los resultados aplastantes de la MUD en las elecciones del 6 de Diciembre; el escandaloso episodio del Diputado Darío Vivas en la reunión de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana (EUROLAT) insultando como un guapetón de barrios al Vicepresidente del Parlamento Europeo Tajani tratando de impedir que se presente en el Foro Euro-latinoamericano la situación de Venezuela; se suman a los vergonzosos episodios en Estrasburgo cuando la eurodiputada liberal Rumana, Renate Weber, desmintió lo afirmado por el Viceministro para Europa Alejandro Fleming que el Parlamento Europeo no podía pronunciarse en relación a Venezuela porque atentaba  contra la soberanía venezolana, la parlamentaria respondió “Nuestra expresión es de respaldo a la democracia y a los derechos humanos, en un país a cuyo pueblo respetamos”. Podríamos referir muchos otros casos absurdos. Por lo pronto concluimos que es imposible prohibir la “diplomacia parlamentaria” como tampoco es posible “tapar el sol con un dedo”.

@milosalcalay

viernes, 18 de diciembre de 2015

La diplomacia y el conocimiento


Prof. Eloy Torres

Con la presencia de los Ex-Presidentes y demás invitados extranjeros en las recientes elecciones del 6 de diciembre, se pudo comprobar algo que se sabía con antelación. No obstante, esos delegados pudieron comprobar lo que reiteradamente hemos argumentado acerca de la lamentable situación de orfandad que vive Venezuela. Ahora bien, uno de los espacios que acusa mayor deterioro en el país lo constituye la diplomacia.

Ella, es una realidad difícil que combina arte y ciencia y, fundamentalmente basa su ejercicio con el conocimiento y prudencia. El profesional de este oficio sabe que su complejidad es grande, pues lo determinan sus escenarios principales: la paz, el comercio, la política, la guerra, la cultura y los tratados, entre otros. Todos, factores que implican una elevada dosis de discernimiento, prudencia, ponderación y experiencia. Sus resultados se observan en los cahiers de la Historia de las Relaciones Internacionales.

La diplomacia, a veces, es mal interpretada. Unos, la definen como el instrumento de la política exterior de un Estado, para alcanzar sus objetivos. Otros como el arte de dirigir las relaciones para ganar sin participar en un conflicto. Vistas ambas, la diplomacia sería uno de los instrumentos para alcanzar los objetivos en materia de política exterior de un Estado. No obstante, la evolución de las circunstancias, el abusivo protagonismo de los Jefes de los mismos Estados, (conocida como diplomacia presidencial) aunado al creciente desarrollo del conocimiento humano por la explosión informacional y comunicacional (caso WikiLeaks) hace que, aparentemente, la diplomacia se perciba como decadente. Sin embargo, mientras existan unidades actuantes internacionalmente, el diplomático será necesario, pues, siempre estará obligado a satisfacer el interés nacional de su país mediante la obtención de resultados positivos, más allá del circunstancial factor político- ideológico. 

El verdadero diplomático sabe que en esta disciplina no se producen cambios substanciales, no hay “revoluciones” de ningún tipo en ella, pues, las modificaciones que se llevan a cabo en su interior están determinadas por lo que se produzca en las Relaciones Internacionales; sin embargo, el conocimiento es importante en el dominio de las herramientas para satisfacer el interés nacional. Conocimientos de derecho, economía, política, de historia y de derecho de los tratados; vistos éstos en su evolución y perspectiva, son necesarios. El diplomático debe experimentar un permanente proceso de aggiornamiento en el conocimiento.

Lamentablemente eso no ha ocurrido con la diplomacia bolivariana. El resumen de su actividad la encontramos en una práctica: exportar propagandistas. Éstos, no son acordes con el oficio, pues por lo general son individuos alejados del dominio de materias que nutren la función que promueve la búsqueda de situaciones y creación de puentes que el Mundo necesita para su existencia en paz. Una verdadera política exterior desideologizada y no una mesiánica acción exterior, debe tener y tomar en cuentas estas y otras consideraciones. En otro orden de ideas, hay que destacar que este oficio, la diplomacia y el espionaje son oficios similares. No es fácil el tema, es verdad. Muchos colegas de oficio, se podrán sorprender. Sin embargo, hoy, a la vista de algunos acontecimientos hay que destacar los intríngulis presentes en ambas actividades. Ellas, siempre han ido de la mano. La diplomacia, la verdadera, siempre se ha caracterizado por disponer de individuos honorables, competentes, de prestigio, además, plurilingües y dueños de una vasta cultura. Por  lo que, a veces, resulta difícil asociar su actividad al espionaje. Pero, también hay que decirlo: El espía, el preparado, no el amateur, quien obtiene, ilegalmente, ciertas y determinadas informaciones, generalmente para su país, empresas o bien para alcanzar réditos directos, vendiéndolas al mejor postor. En tanto que el diplomático, es un individuo que también obtiene esas informaciones legalmente; luego, las procesa mediante un análisis y las remite a su país para ser tomadas en consideración. La diplomacia, así como el espionaje, deben estar asociados a la información, pero aún más al conocimiento.

El diplomático, desde los siglos XVI-XVII, por practicar la diplomacia secreta era considerado un espía honorable. Casanova sentenció: “Los únicos espías confesos son los Embajadores”. Ello es normal, pues un hombre culto, preparado, capaz, letrado que analiza  el destino donde ejerce sus funciones, evidentemente “juega el papel del espía”, pues procesa la información del día a día y la remite al Despacho Central de su Ministerio.    .

El paradigma del diplomático espía fue el francés Talleyrand, bautizado como el príncipe de los diplomáticos. El espiaba a sus jefes, entre ellos a Napoleón, quien fue su víctima, pues ejercía el doble papel de servirle y lucrarse con los rusos y austriacos. Hay muchos ejemplos de cómo la diplomacia y el espionaje han marchado de la mano. El siglo XX, el corto, según Eric Hobsbawm, es un gran reservorio de ellos. La ideologización extrema de las Relaciones Internacionales con el esquema “amigo-enemigo” lo permitió. La diplomacia era asociada al espionaje. Sin embargo, los funcionarios actuantes, diplomáticos o espías, poseían una extraordinaria preparación que los hacía ver como seres impecables. Había, incluso, entre ellos códigos éticos de comportamiento.

Nada que ver con los diplomáticos bolivarianos (para nada profesionales) y/o espías, prototipos del “agente Salazar” que muestran, desde el inicio de su gestión como “diplomáticos”, las intenciones de “espiar al Imperio”. Ellos han hecho el ridículo ante el Mundo, pues se han mostrado las costuras de su bola antes de lanzar la primera. Su misión de combatir al “Imperio”, siempre encontró dificultades que emanaban de su propia actuación por no comprender la complejidad de construir un “Mundo multipolar”, que no verbal, propagandístico y “molar”.

Vale la pena destacar que el Dr. Simón Alberto Consalvi en su libro La Paz Nuclear; Ensayos de historia contemporánea, refiere  “En la política internacional de esta era bipolar de la segunda mitad del siglo XX, hay una interrogante que es preciso analizar: ¿En qué grado se modificado la estructura de las relaciones entre los EEUU y la Unión Soviética, o hasta qué punto se han alterado sus intereses comunes?

Traemos a colación esta interesantísima cita, extrapolándola, pues mutatis mutandis, encierra, en sí misma, un cuestionamiento similar: ¿En qué grado se han alterado los intereses de Venezuela en este Mundo? Desde 1999 nuestro país se ha ido transformando en una especie de satélite de diversos intereses extraños a nosotros. Nuestra política exterior se resume a una zigzagueante acción personal y la misma responde a las variaciones temperamentales de los individuos que la dirigen o, a los “consejos” que reiteradamente recibe desde el exterior. Se ha ideologizado nuestra  conducta exterior, en favor de otros.

Ahora bien el ejercicio instrumental de la política exterior venezolana también ha sido degradado. La diplomacia, hoy se observa como un oficio ultrajado y no hay atisbo alguno por rectificar. El proceso de putrefacción en que se encuentra este oficio se resume a la presencia de individuos groseros, vulgares, ignorantes y por demás escatológicos y quienes, en nombre del “proceso revolucionario”, han invadido el Ministerio de Relaciones Exteriores. Exhiben una visión alejada del respeto por las formas. Es un desorden y una anarquía para la cual aparentemente no hay solución, por lo menos bajo las actuales circunstancias políticas. El oficio del diplomático debe ser reconstruido. He aquí el papel a jugar por la nueva Asamblea Nacional en manos de la oposición y su mayoría calificada. Hay que reinstitucionalizar este oficio con elementos formados en las universidades, alimentados con una visión académica, pero también política y con un alto grado de interés por una moderna profesionalización.

El siglo XXI ofrece la oportunidad de reencontrar las valencias en nosotros mismos y restaurar una política exterior que responda al interés nacional; la que hoy exhibe el Estado venezolano no responde a ese interés. Ahora bien, los encargados de instrumentar la diplomacia, no pueden ser unos ignaros e improvisados individuos, como tampoco unos groseros cuyo comportamiento muestre orfandad de una  buena educación. No cualquiera reúne los requisitos para el oficio de diplomático. Se requiere: inteligencia, conocimiento, habilidades y sobre todo comportarse acorde con el país. No importa si son afectas a una determinada visión política; ese no es el caso; lo que se requiere es representar al país  con decoro, dignidad y apego al interés nacional.

La diplomacia es una práctica, técnica y arte, para lo cual no hace falta, la guapería de barrio ni el resentimiento. Esa conducta, administrativamente hablando, debe emanar desde la más alta dirección del Ministerio hasta sus niveles inferiores. Esas prácticas “guapetonas” no expresan al siglo XXI; por el contrario, la “diplomacia bolivariana”, si es que se puede llamar de esta manera, es el epítome, de la  incultura, como de los decimonónicos tiempos de las montoneras. Ojalá la nueva Asamblea Nacional encuentre tiempo para impulsar la reconstrucción y reinstitucionalización de la política exterior y su principal instrumento: la diplomacia, ésta, por supuesto, sin adjetivos.

@eloicito

sábado, 5 de diciembre de 2015

¿Para qué diplomáticos?


Prof. Eloy Torres

En reiteradas ocasiones hemos destacado la importancia de la diplomacia como instrumento de la política exterior; ésta, en tanto que conducta del Estado frente al mundo exterior. Los encargados de llevarla al ejercicio práctico son, evidentemente, los diplomáticos quienes deben actuar de conformidad con lo establecido por la dirección de sus Ministerios.

Son pocos los cambios que ha experimentado el oficio del diplomático y los que han ocurrido han sido determinados por la dinámica de los tiempos; éstos incluyen fundamentalmente el conocimiento. Este oficio se alimenta de los adelantos del conocimiento, y el diplomático debe  consustanciarse con ellos. Máxime que el siglo XXI traduce angustia por conocer y brindar complejidad a las cosas. Hasta no hace mucho el diplomático era visto como un ser distinto, y el  Embajador una especie de individuo nimbado de una aureola del poder. Es la visión decimonónica la que ha dominado los últimos años de ese oficio. Hoy eso no es así, aunque todavía se observa, incluso en individuos, ya retirados, “casados” con esa visión y postura. La gran mayoría de ellos son individuos que responden a estilos, propios de burócratas ensoberbecidos por el rango y cargos ocupados. Al parecer, poseen una especie de patente de corso para ignorar a quienes emergen con el conocimiento fresco en sus cabezas.

Son los Embajadores versallescos, “dueños de la verdad”,  que pretenden arrinconar a los más jóvenes y no por jóvenes, sino por ser “los poseedores del saber  técnico”, como los llamase John K. Galbraith en El Nuevo Estado Industrial. Esto último no significa que por “saber”, estos últimos, sean los dueños de la verdad, como también pasa con los políticos, quienes por estar cerca del poder real, posean las armas perfectas para dictar cátedra. Con los diplomáticos versallescos es peor, pues se han acostumbrado a “flotar” cerca del poder gracias a  su capacidad, pero no menos cierto, por su extraordinaria habilidad para alabar, con suavidad, a sus superiores e impedir que sus inferiores surjan. Es la naturaleza humana.

Hay que dibujar un mapa que contemple, epistemológicamente hablando, la conjunción entre el burócrata (diplomático de oficio), el académico (estudioso del tema) y el político (preocupado por los intríngulis de las Relaciones Internacionales) Una diplomacia para el siglo XXI pasa por comprender esa realidad. El 6-D, fecha electoral que cambiará el panorama político del país, debe apuntar a resolverla. Viene un proceso de cambios significativos; ojalá estos cambios se observen en el oficio diplomático. No basta con haber cabalgado un buen tiempo cerca del poder. Hoy hay que ponderar a aquellos que “poseen el saber técnico” para desarrollar una diplomacia -como uno de los instrumentos de la política exterior, repito, en tanto que conducta exterior del Estado- distinta, novedosa, práctica, inteligente y enmarcada en el interés nacional, interés que debe resultar de los valores de todos los venezolanos y nunca de una secta enceguecida por las luces que ofrecen los escenarios internacionales. Hay que ser inclusivo en este oficio y superar esa excluyente manía de muchos de estos versallescos personajes quienes, con su conducta “refinada”, a veces,  hacen más daño que los enemigos de la modernidad.

@eloicito

martes, 1 de diciembre de 2015

Cuerpo diplomático y la elecciones el 6-D


Prof. Eloy Torres                                                                               

No se trata de dictar cátedra sobre los objetivos del Cuerpo Diplomático. No obstante, hay que aproximar alguna respuesta para satisfacer la curiosidad de gente no avisada en el área. Los diplomáticos ejercen sus funciones en los países encomendados. Éstos son el escenario donde deben realizar su trabajo el cual consiste, fundamentalmente, en observar detalladamente lo que acontece en el escenario delegado a fin de transmitirlos a sus centros, léase, los respectivos  Ministerios de Relaciones Exteriores para los cuales trabajan, para que desde allí se tracen los lineamientos a seguir.  

No es fácil ese ejercicio. Sobre todo, como señala el Embajador Oscar Hernández: “No hay funcionario diplomático que asuma su vocación dignamente, que no impregne en la huella de su partida el más profundo malestar por dejar su país, su familia y sus amigos”. Yo agregaría: los afectos que ese funcionario, deja por donde transita. Digo esto pues, en efecto, el diplomático se compenetra con los espacios donde trabaja y teje toda una red de relaciones hasta alcanzar, incluso, una relativa asimilación de la manera de pensar y sentir de los pobladores de esos espacios.

El Cuerpo Diplomático acreditado en Venezuela, seguramente, debe observar el espíritu democrático del venezolano. Como también debe hacer lo propio al ver los desmanes que realizan los partidarios de este gobierno. Cada país, evidentemente, coloca a sus diplomáticos a observar, pero jamás inmiscuirse en los asuntos internos. E incluso aquellos países que se benefician directa o indirectamente del gobierno bolivariano deben hacerlo y evaluar prudentemente las dificultades que el gobierno coloca en el camino de los sectores democráticos, desmanes que sus propios gobiernos no permitirían. Bueno, esa es la vida, diría un poeta.

Sin embargo, hay que tomar en consideración que estos sectores democráticos, hoy vapuleados por un gobierno que irrespeta, con violencia, su propia Constitución, mañana podrían ser gobierno, por lo que deben ser ponderados correctamente en esos términos. Lo que me viene a la memoria una anécdota, cada vez menos “anecdótica”. Se trata de un momento cuando Allen Dulles, -quien con el tiempo, sería el primer director de la CIA -trabajaba como diplomático en  Berna en el año 1916, donde fue designado en su primera misión de inteligencia y le tocó atender a un grupo de exiliados rusos. Dulles rechazó considerar sus propuestas. Él, en su informe, deslizó  que éstos no llegarían a ninguna parte, especialmente su líder, hombre pequeño que guarnecía su calva con un gorro, además con una mirada de rasgos asiáticos. Según Dulles éste era un alocado anarquista.  Se trataba de Vladimir Ilich Lenin.

@eloicito

miércoles, 12 de agosto de 2015

Elecciones parlamentarias y control sobre la política exterior


Embajador (r) J. Gerson Revanales

Una de las oportunidades que presenta las elecciones parlamentarias, es un cambio en la composición de la Asamblea Nacional entre ellos el control sobre la política exterior. John Locke, en su Tratado sobre el Gobierno Civil (1689), y posteriormente Montesquieu, en El Espíritu de las Leyes (1748), propusieron la división de los poderes del Estado, a efectos de establecer un equilibrio entre estos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial); el objetivo de Montesquieu fue establecer contrapesos entre los poderes; advirtiendo que el Poder Legislativo no podía convertirse en un ente superior, que impidiera la acción de gobierno, pero sí consideraba necesario que pudiese examinar cómo se cumplían las leyes que el ejecutivo promulgaba, ejerciendo así, el control político.

Según el Art. 187 de la Constitución de Venezuela, al Poder Legislativo, le corresponde “ejercer funciones de control sobre el gobierno y la Administración Pública”; según el Art. 222, la Asamblea Nacional ejercerá su función de control mediante los siguientes mecanismos: 1) las interpelaciones, 2) las investigaciones, 3) las preguntas, 4) las autorizaciones y 5) las aprobaciones parlamentarias; y en el Art. 223 se indica que la Asamblea o sus Comisiones podrán realizar las investigaciones que juzguen convenientes en las materias de su competencia. Atendiendo a los propósitos de equilibrio y control en materia de política exterior, se cumplen cuando la Asamblea Nacional autoriza el nombramiento los jefes de misiones diplomáticas y aprueba por ley los tratados o convenios internacionales que celebre el Ejecutivo Nacional, salvo las excepciones previstas en la Constitución.

Un cambio en la composición de la Asamblea Nacional, permitirá a la Comisión Permanente de Política Exterior cumplir con una de sus funciones primordiales como es la de interpelar al Ministro de Exteriores; algo que hasta la fecha en 15 años, nunca se ha realizado.

Esperemos que a partir de enero, la Comisión Permanente de Política Exterior, pueda interpelar a la Canciller Delcy Eloina Rodríguez sobre: el porqué de la injerencia cubana; de la carrera armamentista; de porqué durante 14 años se dejó de lado la reclamación del Esequibo; de cuál es la situación de los más de 2500 acuerdos firmados desde 1999, muchos de los cuales seguramente no tuvieron razón de ser firmados, otros nunca entraron en vigencia o fueron aprobados por la Asamblea Nacional, lo que hace de estos una tela de araña para su seguimiento e instrumentación y un peligro para nuestro interés nacional.

@grevanales

jueves, 2 de julio de 2015

¿Diplomacia para el siglo XXI?


Prof. Eloy Torres

Diálogo y diplomacia van de la mano. Ambos abordan la comunicación. Es esencial. Por lo que no debemos desechar los instrumentos tecnológicos de comunicación. Con la aparición de las nuevas tecnologías se ve un “nuevo diplomático”. El siglo XX fue el escenario de los gobiernos para comunicar sus “problemas” con los instrumentos que disponían, más allá de sus fronteras. El siglo XXI es más complejo. La difusión de información  a través de los medios de comunicación y redes sociales como Twitter, Facebook, YouTube, Instagram, WordPress, WhatsApp y otros, gracias a la innovación tecnológica, supera obviamente, la tradición. Esa innovación tecnológica socializadora, pone al hombre frente al hombre. Por supuesto, la tecnología por sí sola, no ofrecerá, las respuestas, pues es pura información. La solución la encontraremos en el conocimiento.

Los medios de comunicación influyen de manera conspicua en las Relaciones Internacionales, por supuesto, no al estilo de William Randolph Hearst y sus mentirosos artículos del New Journal, durante la guerra de los EEUU contra España; empero, no generan conocimiento. En el Mundo real del poder lo que importa es la  superioridad militar, económica y política. Las decisiones de los países en materia de política exterior deben apuntar al crecimiento de su poder. Nunca a compartirlo con otros.

Los avances técnico-científicos alcanzan las comunicaciones. Los gobiernos sacan provecho de éstas y construyen “historias” contra los sectores que les adversan, sobre la base de informaciones fácilmente digeribles. Nunca en el conocimiento. La guerra del Vietnam, las revoluciones árabes, la caída del Muro de Berlín, la guerra contra Irak son ejemplos de cómo se utiliza la TV para transmitir imágenes, es decir, información. El conocimiento que explica las cosas no estuvo presente en ellas.

El sistema internacional se modificó con la bomba atómica en 1945. Se impuso la Guerra Fría hasta que uno de los contendientes tiró la toalla. Fue la tecnología y el conocimiento los elementos utilizados por una sociedad abierta para derrotarlos. Los satélites, radios, celulares, televisión, internet, todos productos del conocimiento. Lo que permite hoy prefigurar a un nuevo diplomático como un mediador apoyado en la tecnología, distinto a la vieja concepción del diplomático tradicional. Esa profesión es observada, gracias a la tecnología y al conocimiento, mejor y más consustanciada con el hombre y no el Estado. La imprenta acabó con la cultura oral, hoy las redes sociales acercan el diálogo. Pero, eso sí, hay que buscar en el futuro: en la computadora y no en  el nostálgico pasado, en espadas liberadoras de antaño. Es en el conocimiento y no en la ideología trasnochada del siglo XIX. Hoy la diplomacia es conocimiento y no gritos revolucionarios. Estamos en el siglo XXI.

@eloicito

miércoles, 25 de marzo de 2015

Chicherin y la diplomacia


Prof. Eloy Torres
La diplomacia es pasión y requiere, como ejercicio, de la prudencia. El diplomático debe serlo siempre. Hay algunos de éstos que han sido muy prudentes en su actividad y no son narrados por la historia. Ejemplo: George Vasilievich Chicherin, el Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores de la Rusia Bolchevique y luego de Ministro de Exteriores de la URSS hasta 1930. Murió en 1936. Su origen era aristócrata, que no proletario; e incluso su padre trabajópara el Zar.
Fue un conocedor de la historia, clave para ese desempeño y un políglota, pero, sobre todo, dominaba, el lenguaje del silencio. Adhirió al proceso bolchevique en 1918. Trabajó con Trotsky a quien sustituyó por estar éste contra la firma de la Paz de Brest Litovsk con Alemania. Ese tratado marcó la salida de Rusia de la guerra y un respiro a su gobierno. Se acordó intercambiar espacios territoriales del viejo imperio por paz. Chicherin fue quien, con tino y prudencia, logró ese acuerdo.
La historia nos habla de los tradicionales vínculos de Rusia con Alemania. Chicherin fue un exponente de esa alianza contra Inglaterra. No escatimó esfuerzos en procurar la paz con los enemigos de su Revolución. Buscó, con lenguaje sereno y respetuoso, el reconocimiento internacional de la Rusia bolchevique. La conflictividad con ella por una multiplicidad de países y la misma guerra civil no fueron escusas para el lenguaje procaz, escatológico y vulgar. Por el contario. Su objetivo y el de Lenin era la consolidación del poder soviético. La Conferencia de Ginebra en 1922 acordó el Tratado de Rapallo con Alemania. Éste fue muy importante para Rusia. Se materializó su reconocimiento internacional y rompió el encierro. Chicherin inició un complejo y seguro proceso de reconciliación con Irán y Turquía. El aislacionismo se minimizaba.

Chicherin un aristócrata, prestado al comunismo. Lo hizo por amor a su misteriosa Rusia. Un virtuoso del oficio que supo conciliar diplomacia con revolución, pero, sin caer en el lenguaje rastaquouère tan en boga en ciertos procesos similares, por lo menos por el nombre. Esto último debido a lo que señala Timothy Edward O’Connor, en su libro “Diplomacy and Revolution”. Este habla de la imposibilidad de compatibilizar ambos conceptos. Hoy, lamentablemente en Venezuela, vemos como se degrada el lenguaje y este oficio, incluso por quienes, alguna vez, fueron unos fanáticos social-cristianos y mostraban, entonces, una finura y exquisitez, propia de la diplomacia versallesca; hoy visten el traje revolucionario perfumado con esencias poco agradables al olfato. Olvidan que este oficio requiere ser dueño de lo que se piensa y esclavo de lo que se dice. La historia no perdona, ni siquiera por la revolución.