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miércoles, 25 de marzo de 2015

Elecciones 2016


Dr. Carlos A. Romero
Los estadounidenses están aceptando que en el lado demócrata habrá una sola opción en la carrera presidencial de 2016. Se trata de Hillary Clinton quien va derechito a ser la candidata de ese partido y que arranca con bien pie. Solo algo de naturaleza personal la detendrá en ese camino.

¿Cómo encuentra la Ex-Senadora y Ex-Primera dama la vida política de su país? EEUU está en franca recuperación de su economía, retomando la dirección mundial y consolidando su vida social. El legado de Obama es una herencia controversial, pero nadie puede negar que con él, hay un antes y un después.

En este marco, cabe resaltar que el Partido Republicano carece de un figura que aglutine tanto como la Ex-Senadora Clinton. En dicha organización sobran los precandidatos, las fórmulas electorales y las diferencia ideológicas. Para el votante fiel de esa tendencia el panorama electoral es incierto y lo es aún más para el independiente que se guía por las características personales de los aspirantes.

Dentro de los republicanos destacan -entre otras- las opciones de Sarah Palin, Marco Rubio, Jeb Bush, Chris Christie, Ted Cruz, Mike Huckabee, Bobby Pindal y Ron Paul. Todos ellos representan un arco iris de ofertas, muchas de ellas no compatibles entre sí.

De cumplirse los pronósticos, la candidatura republicana caería en manos de Jeb Bush y así estaríamos en presencia de un singular duelo electoral. La esposa de un Ex-Presidente versus el hijo y hermano de dos Ex-Presidentes de EEUU. Algo que cuestiona fuertemente el principio de la igualdad de oportunidades.

La gran incógnita es la de cómo responderá el elector no politizado. ¿Estará convencido que los demócratas deben seguir gobernando?; ¿empleará la famosa tesis del voto castigo a favor del candidato republicano? O simplemente no irá a votar generando así una alta abstención. Por los momentos, se organizan los comandos y se mueven las piezas en esta temprana y prometedora campaña electoral.

jueves, 12 de junio de 2014

EEUU, Libia y la sombra del yihadismo


Victor Hugo Matos

Desde la llegada de Barack Obama a la presidencia, uno de los pilares sobre los que ha querido sustentar su política exterior es la idea de que EEUU debe plantear una nueva aproximación hacia el Medio Oriente; sobre todo, después del fiasco de las intervenciones militares en Irak y Afganistán, que han dejado 8000 bajas. A partir de esto, el hecho de que el inicio de su primer mandato coincidiera con la eclosión de la “Primavera Árabe” -que generó expectativas optimistas respecto a una posible democratización del Medio Oriente-, fue aprovechado por la Casa Blanca como una oportunidad para corregir el rumbo y rescatar la imagen de EEUU en la región, lo cual ya había comenzado con el discurso de Obama en la Universidad de El Cairo.

Siendo esta la base de la nueva política de Obama hacia Medio Oriente, fue la desestabilización temprana del régimen libio la que convirtió a este país en el campo de pruebas de una nueva estrategia del Departamento de Defensa y la Casa Blanca, de realizar intervenciones limitadas sustentadas en la acción conjunta con miembros de la OTAN y apoyando a elementos locales sobre el terreno,  sumado a la búsqueda de apoyo de la Comunidad Internacional, la cual quedó plasmada en la Resolución 1973 (2011) del Consejo de Seguridad que enmarcó dicha intervención. No obstante, en retrospectiva, se hacen palpables las interrogantes de cuáles fueron los intereses concretos de EEUU en dicha operación, en la medida en que la movilización de recursos operativos realizada por EEUU no se correspondía con la reducida importancia que tenía Libia mas allá de su posesión de petróleo, armas químicas y una alicaída influencia en África y el Mundo árabe,  sobre todo si se toma en cuenta el reposicionamiento de Gaddafi después del 11-S, y la cooperación entre los gobiernos europeos y Trípoli en materia energética y comercial con Italia como principal socio -mucho mayor que la participación de EEUU en este sentido.

A pesar de ser una de las intervenciones más limpias de EEUU desde la Guerra del Golfo, los años subsecuentes a la misma han demostrado que la caída de Gaddafi no necesariamente ha implicado un cambio positivo para Libia,  sobre todo cuando dicho país se ha transformado en un clásico Estado fallido, donde las milicias armadas ostentan más poder real que los miembros del recién reformado ejército libio, sobre todo cuando las mismas han tomado desde hace casi un año, el control de las terminales más importantes hasta provocar una drástica caída de sus exportaciones petroleras.

Además de las milicias, Libia se ha convertido en un eje para la actividad yihadista en la zona,  lo que quedó evidenciado con el ataque al consulado estadounidense de Bengasi en 2012 realizado por Ansar-Al Sharia, un grupo asociado a Al-Qaeda, que además mantiene contactos irregulares con otros grupos presentes en territorio libio como Al Qaeda del Magreb Islámico,  Al Qaeda de la Península Arábiga y miembros de la brigada Al-Mulathameen -conocido grupo terrorista argelino. Añadido a esto, el propio gobierno libio sufre una profunda división entre sus filas, donde desde hace algunas semanas el general retirado Jalifa Hifter -exiliado hasta 2011 en EEUU- se ha alzado en armas contra el gobierno libio, ya que  considera que este ha hecho poco por desarmar a las milicias que se han incorporado dentro del ejército regular y que considera extremistas apoyados directamente por  el gobierno libio de Ahmed Maiteq, lo que lo ha llevado a atacar tanto el Parlamento libio, por considerarlo influenciado por fuerzas islamistas, como a campamentos militares tales como el de la Brigada de Mártires del 17 de Febrero, que fue bombardeado el pasado 27 de mayo.

Dados todos estos elementos, cabe preguntarse si la Administración Obama habrá cometido en Libia los mismos errores que cometió la Administración Bush en Afganistán e Irak, al asumir que un Estado con una debilidad institucional tan clara,  claramente dividido en estamentos tribales y extremadamente dependiente del liderazgo carismático, podía  realizar una transición rápida hacia un sistema con al menos algunos rasgos de gobernabilidad democrática; cuando es claro,  que el gobierno de transición libio no entendió las necesidades y deseos de los  habitantes de Misrata o Bengasi, quienes rechazaron el nuevo modelo político centralista que se ha querido imponer desde Trípoli.

Es inevitable asumir entonces, que poco a poco Libia se está convirtiendo en un riesgo de seguridad  para sus propios ciudadanos y el Mediterráneo, en la medida en que el factor desestabilizador de las milicias y los grupos yihadistas vinculados a Al-Qaeda pueden ir transformando a Libia en una nueva Somalia o Yemen, donde la violencia y el derramamiento de sangre están a la orden del día. A esto se le añade el impacto negativo que está teniendo la situación en Estados vecinos, como fue la movilización hacia Mali de miembros de la etnia Tuareg aliados de Gaddafi y que fue un factor clave durante la breve existencia del Estado Islámico de Azawad, o también el hecho de que algunos terroristas argelinos usen el territorio libio como santuario –recordemos el ataque a la planta de gas ubicada en In Amenas (Argelia), el 16 enero de 2013, donde murieron al menos 67 rehenes.

Lo que sí es cierto, es que Libia estará presente en los intereses de EEUU, dado las consecuencias potencialmente negativas para la seguridad de Europa, África, y Medio Oriente, sobre todo por la posibilidad de convertirse en un corredor para elementos yihadistas como Al Qaeda y sus afiliados, Boko Haram de Nigeria o Al-Shabab de Somalia, que podrían afectar los frágiles gobiernos africanos y plantearse ataques en territorio europeo. Por otra parte, las inmensas reservas de petróleo y gas de Libia, la convierten en clave para una seguridad energética europea que hoy por hoy se encuentra amenazada por los sueños neo-imperiales de Putin en Europa del Este. Además, queda claro que la actuación de la Administración Obama hacia Libia seguirá siendo debatida en el seno de la política estadounidense, con la posibilidad de que sea uno de los temas claves en las próximas elecciones presidenciales, pudiendo llegar a ser una piedra en el zapato para las aspiraciones presidenciales de Hillary Clinton en 2016, dado el puesto que ocupaba durante el ataque al consulado de Bengasi.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Obama, el Congreso y Siria


Dr. Kenneth Ramírez
Todo estaba dispuesto. El Secretario Kerry había preparado el caso ante la opinión pública, los líderes mundiales estaban informados y los buques de guerra estaban en posición: pero el Presidente Obama seguía dudando… El sorpresivo voto contrario al ataque a Siria en el Parlamento británico el jueves 29 de agosto, trajo de vuelta su escepticismo… Salió a caminar en el Jardín Sur de la Casa Blanca por alrededor de 45 minutos con su Jefe de Gabinete, Denis McDonough. A su regreso, convocó una reunión en la Oficina Oval aquel viernes 30 de agosto a las 7 pm, donde comunicó a sus asesores una decisión inesperada: retrasaría el ataque, pediría autorización al Congreso, y lo anunciaría al día siguiente en el Rosedal de la Casa Blanca.
De esta manera, el Presidente Obama intentaba salirse del cul-de-sac en el que él mismo se había metido. Tras dos años y medio de conflicto sirio, el Presidente Obama ha vacilado entre la inacción y el cambio de régimen. En agosto de 2011 dijo que Bashar al-Assad debía marcharse, en agosto de 2012 fijó la utilización de armas químicas como “línea roja”, y en diciembre de 2012 afirmó que la Coalición Nacional Siria era el legítimo representante del pueblo sirio. Todo esto sin tener una estrategia delineada y una voluntad sólida para participar en una situación donde los intereses de EEUU no son evidentes. Si bien Assad es un dictador que ha provocado un sangriento conflicto, algunas facciones rebeldes tienen vínculos con Al-Qaeda, lo cual deja a EEUU sin un bando claro al cual apoyar y sin un desenlace que le sea conveniente. Empero, después del ataque con gas sarín en Damasco el 21 de agosto, el Presidente Obama quedó atrapado en su retórica.
No hacer nada implicaba a partir de ese momento poner en riesgo la credibilidad y el compromiso de EEUU con la prohibición en el uso de armas químicas. Por ello, el Presidente Obama optó por un ataque limitado sin el aval del Consejo de Seguridad –en parálisis por el veto ruso para proteger a Assad-; pero otra cosa era hacerlo en la práctica casi unilateralmente –contando sólo con Francia.
Con todas estas consideraciones en mente, Obama decidió acudir al Congreso, lo cual merece varias reflexiones. En primer lugar, el Presidente Obama ha buscado legitimidad interna y compartir el costo político: colocar tantas manos en la daga como sea posible. Hasta ahora, la Casa Blanca se ha mostrado convencida de obtener el respaldo del Congreso.  De hecho una Resolución ya fue aprobada este 4 de septiembre en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado (10 a 7) para un ataque limitado a Siria en un plazo de 60 días, cuyo debate en el pleno de las cámaras se realizará la semana del 9 de septiembre. No obstante, aún existe el riesgo de un rechazo de los congresistas, habida cuenta de la oposición de la mayoría de los electores. Si se produce un voto contrario en al menos una de las cámaras, el Presidente Obama se va encontrar ante un terrible dilema: atacar sin la autorización del Consejo de Seguridad ni de su propio Congreso, o no hacerlo y perder credibilidad, lo cual invitaría a otros actores como Irán a desafiar a EEUU.
En segundo lugar, el Presidente Obama ha tratado de trasladar un mensaje claro a la opinión pública mundial: ni Siria es Irak, ni él es Bush. Si bien es cierto que quizás no haya tiempo suficiente para que los inspectores de la ONU presenten su informe –se ha hablado de unas excesivas 3 semanas-, el Presidente Obama ha demostrado su actitud reacia a la guerra y su talante democrático. No tiene dudas de la responsabilidad de Assad y ha presentado pruebas de inteligencia. Si la CIA y el MI6 perdieron confiabilidad por Irak, la DGSE francesa tiene un record distinto.
En tercer lugar, el Presidente Obama no estaba obligado a acudir al Congreso, ya que se trataba sólo de un bombardeo. La Constitución de EEUU proporciona margen de maniobra al Presidente para acciones militares limitadas, requiriendo la autorización del Congreso sólo en casos de participación en una guerra. Sin embargo, la Resolución de Poderes de Guerra aprobada en 1973, trató de limitar este aspecto, por lo que ha sido objetada por todos los mandatarios desde Nixon –incluso el propio Obama eludió al Congreso por Libia en 2011. En consecuencia, lo que ha hecho el Presidente Obama ha sentado un precedente que puede afectar a sus sucesores, ya que un Congreso que tiende cada vez más al aislacionismo en política exterior, podría exigir de ahora en adelante su aprobación para cualquier acción militar, haciendo a EEUU menos activista en el Mundo.
En cuarto lugar, la eficacia de los bombardeos ha sido comprometida. El Jefe de Estado Mayor Conjunto, General Martin Dempsey, le dijo al Presidente Obama el 24 de agosto, que una demora en los bombardeos no era relevante. Sin embargo, evidencia reciente le han obligado a retractarse. La utilidad de bombardeos como los planteados inicialmente ha sido puesta en entredicho, ya que si bien pueden mantener la credibilidad de EEUU y aliviar conciencias sin provocar una escalada militar; no solucionará el conflicto ni eliminará las armas químicas. Por ello, en la Sección 5 de la Resolución del Comité de Relaciones Exteriores se plasmaron como objetivos estratégicos: la necesidad de cambiar el curso de las hostilidades –que favorece por ahora a Assad-, “crear condiciones para una solución negociada”, y degradar la capacidad química de Assad. Algunas voces plantean que para lograr esto, resultan necesarios unos bombardeos de mayor envergadura a los previstos –que infrinjan grandes costos y provoquen disuasión-, proporcionar armas avanzadas a los rebeldes y aislar a los terroristas. Es decir, parece estar emergiendo en EEUU una estrategia hacia Siria: fomentar su “libanización”, es decir, el reparto de poder entre varias facciones y un condominio con Rusia.

miércoles, 31 de julio de 2013

El declive de la ALBA


 
Dr. Kenneth Ramírez

Los mandatarios de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) se reunieron en Guayaquil este martes 30 de julio para celebrar su XII Cumbre Presidencial. Dicha Cumbre estuvo llena de significación, ya que fue la primera tras la muerte de Chávez -su carismático líder fundador-, quien fue capaz de influir en los destinos de la región y atraer los reflectores de la prensa mundial.
En consecuencia, lo más importante de esta Cumbre de Guayaquil fue que dejó entrever la falta de liderazgo político y capacidad económica para movilizar a otros actores en torno a este proyecto alternativo. Rafael Correa ha tratado de erigirse en el nuevo líder, y cuenta con la formación, la base política y cierto carisma para evitar que la ALBA quede huérfana, pero le faltan los recursos económicos. Evo Morales y Daniel Ortega adolecen de todos los requisitos; mientras Cuba debe ocuparse de su propia transición política, con el anunciado cambio en la cúpula dirigente en el próximo lustro. En el caso de Nicolás Maduro, la cuestionada victoria en las elecciones del 14-A, la crisis económica que atraviesa Venezuela, el estancamiento de la producción de PDVSA y unos precios del petróleo que apuntan a niveles de 85-90 $/Bl para 2016 debido a la producción de petróleo de esquistos en EEUU, no favorecen el que asuma el liderazgo internacional que dejó Hugo Chávez. Tampoco tiene la figura y carisma de aquél; pero aún la ALBA cuenta con los recursos petroleros venezolanos para mantenerse a flote.
En este sentido, lo que hemos visto en Guayaquil ha sido una soterrada rivalidad entre Rafael Correa y Nicolás Maduro por la herencia internacional de Chávez y el liderazgo de la ALBA, al tiempo que colectivamente han intentado demostrar unidad, y que este mecanismo de coordinación política e ideológica sigue teniendo vigencia y sentido. En este contexto, la crítica de Correa a la “tibieza” del borrador de Declaración preparado por los Cancilleres y sus equipos, y su discurso apasionado, recordó más al finado Chávez que el propio Maduro. Quizás sea que Correa tiene su propio perfil dentro del “socialismo del siglo XXI” o quizás sea que tiene mayor carisma y elocuencia, pero lo cierto es que resulta más atractivo a la prensa mundial -y pareciera que hasta al mismo Fidel Castro-, que un Maduro que intenta mimetizar a la saciedad las palabras y gestos de Chávez.
Por otra parte, y como era de esperarse, en Guayaquil se agitó el caso Snowden como punta de lanza contra el “imperialismo” de EEUU, el “neocolonialismo de sus transnacionales” y su “red mundial de espionaje” como manifestó el Presidente Correa. También fue aprovechada la ocasión para respaldar una vez más a Evo Morales, por la desafortunada e irrespetuosa forma en que se denegó el espacio aéreo a su avión presidencial en Europa. Pero resultó aún más interesante el que los países de la ALBA han encontrado un nuevo enemigo: la “Alianza del Pacífico”.
Recordemos que la Alianza del Pacífico creada en 2011, es un tratado de libre comercio entre México, Colombia, Perú y Chile –Costa Rica se encuentra en proceso de adhesión-, que constituye el 42% del PIB de América Latina –segunda economía de la región después del MERCOSUR-, cuyos miembros tienen a su vez tratados comerciales con EEUU, la Unión Europea y países de Asia-Pacífico. Por ello, este mecanismo ha llamado la atención mediática y política a nivel mundial, viviendo uno de sus momentos estelares en la VII Cumbre Presidencial celebrada en Cali en mayo de este año. Además, el pasado 5 de julio, los países suramericanos de la Alianza del Pacífico evitaron darle carácter de “Cumbre” a la Reunión de UNASUR efectuada en Cochabamba para desagraviar a Evo Morales por el incidente con su avión presidencial en Europa, ya que quisieron evitar una escalada con sus socios europeos. Esto fue duramente criticado por el Presidente Correa quien les invitó a “graduarse de colonias”.
Es decir, la ALBA ha anunciado en Guayaquil que aprovechará la presencia de la Alianza del Pacífico en la nueva cartografía de la integración regional para polarizar y movilizar al resto de los actores de la región. No en balde titularon el documento final como “Declaración de la ALBA desde el Pacífico”: toda una manifestación de propósitos. En palabras del Presidente Correa “se enfrentan dos visiones del Mundo: el neoliberalismo, el libre comercio, y aquellos que creemos en el socialismo, en garantía de derechos, en zonas libres pero no para el libre comercio, sino libre de hambre, libre de pobreza”. Aun así, no será tarea fácil re-polarizar la región, ya que en Washington gobierna Barack Obama y no George W. Bush; y los Presidentes de la Alianza del Pacífico tienen posturas pragmáticas hacia la ALBA, y en el caso de los mandatarios mexicano y el peruano, son de centro-izquierda y han manifestado admiración por el Ex–Presidente Lula, quien les ha enviado incluso asesores. Esto por no hablar de una posible victoria de Michelle Bachelet en Chile en las elecciones del próximo 17 de noviembre.
Además, otro hecho que fue destacado en la Cumbre de Guayaquil fue el ingreso de Santa Lucía a la ALBA, ante lo cual el Presidente Maduro exclamó “ahora somos nueve países”. Empero, lo cierto es que debido a su situación económica, Venezuela ha manifestado que aumentará los intereses de la factura petrolera financiada en PETROCARIBE a partir del mes de octubre, salvo a socios especiales –léase miembros de la ALBA- como Cuba y Nicaragua. Es decir, el paso dado por Santa Lucía ha sido absolutamente calculado y no ideológico.
En definitiva, la ALBA ha entrado en una fase de declive. La nueva geopolítica regional está marcada por la Alianza del Pacífico y el MERCOSUR. No obstante, esto no implica que la ALBA vaya a desaparecer de manera inmediata. Por lo pronto, seguirá estando presente en la región con una capacidad mermada, y ocupando un rol crítico a la Alianza del Pacífico como “retorno del ALCA” y los posibles excesos que pueda cometer Washington. En esto, la ALBA seguirá siendo utilizada de manera sofisticada por Brasil para desgastar la influencia de EEUU en la región, al tiempo que mantiene un diálogo estratégico y una cooperación pragmática con Washington a nivel bilateral, y Dilma Rousseff efectúa su anhelada visita de Estado a la Casa Blanca para octubre próximo, donde será recibida como líder de una potencia emergente y árbitro regional. Bien le vendría a Venezuela más realismo en su política exterior.

Publicado originalmente en RunRun.es

jueves, 6 de junio de 2013

La Reunión Jaua-Kerry, o los ecos del “Grupo de Boston”


 
Dr. Kenneth Ramírez

Tres meses después de la muerte de Hugo Chávez, el Canciller Jaua se reunió con el Secretario de Estado John Kerry al margen de la 43° Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Guatemala durante 40 minutos. Al final del encuentro, el Secretario Kerry señaló que habrá un “diálogo continuo para intentar establecer una agenda específica” con miras a una “relación bilateral positiva”. Agregó que la idea es “pasar rápidamente al nombramiento de Embajadores”. Por su parte, el Canciller Jaua manifestó que existe la mejor voluntad de mejorar las relaciones, pero que esto pasa por “respetar el modelo socialista de Venezuela” y evitar que sean “avalados o estimulados grupos anti-democráticos” que han emprendido “una campaña de desestabilización de las instituciones venezolanas”. En todo caso, expresó su confianza de que esta reunión marque el inicio de una “relación de respeto”.
 
Desde finales de 2012, se han efectuado diálogos entre la Subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental, Roberta Jacobson, el entonces Canciller Maduro, y el Embajador venezolano ante la OEA, Roy Chaderton, para restablecer la relación diplomática al más alto nivel –no hay Embajadores desde 2010-, y para reactivar la cooperación anti-narcóticos -suspendida en 2005- y la cooperación energética –suspendida en 2003-.
 
El 24 de enero de 2013, el entonces Vicepresidente Maduro designó al propio Embajador Chaderton como “enviado especial” para “conversar los términos de una relación de respeto” con EEUU y “regularizar las relaciones diplomáticas”. Este mismo día, en su audiencia de confirmación como nuevo Secretario de Estado en el Senado, John Kerry señaló que “depende de lo que pase en Venezuela, puede haber realmente una oportunidad para la transición” y la mejora de las relaciones bilaterales, en referencia indirecta a la enfermedad del Presidente Chávez, y a su conocimiento del sucesor Nicolás Maduro y las nuevas realidades que encararía.
 
Partiendo de esta idea, EEUU tuvo el gesto diplomático de enviar una delegación simbólica a los funerales de Chávez. La misma estuvo compuesta por el Representante demócrata por Nueva York, Gregory Meeks, y el Ex-Representante demócrata por Massachusetts, William Delahunt –muy cercano a Kerry-, quienes fueron acompañados por el Encargado de Negocios James Derham. En este marco, Maduro instó a EEUU a convivir con “respeto” con América Latina.

A partir de allí, la retórica de Maduro dirigida a Washington fue especialmente dura y agresiva en su intento de ganar apoyo entre la base chavista antes, durante y sobre todo después de las elecciones del 14-A -cuando encaró serios cuestionamientos a su legitimidad. Esto fue combinado con ciertas acciones de menor visibilidad llamando al diálogo bilateral. La Administración Obama entendió el momento político, así que no le tomó por sorpresa el comportamiento de Maduro, y por ello reaccionó en forma cauta.
 
El 20 de marzo, ante unas declaraciones de la Subsecretaria Jacobson donde señaló que las elecciones del 14-A debían seguir “los altos estándares del Hemisferio”, el Canciller Jaua anunció que el canal de comunicación con EEUU quedaba suspendido. No obstante, antes de las elecciones y en medio de cierto triunfalismo, Maduro aprovechó una reunión con los acompañantes internacionales el 13 de abril, para enviar un mensaje privado a Barack Obama a través de Bill Richardson: “Queremos regularizar y mejorar la relación”.
 
La crisis pos-electoral volvió a tensar la cuerda. El Departamento de Estado subrayó la necesidad de realizar la fase II de la auditoría ciudadana y las investigaciones a las irregularidades denunciadas por la MUD, ya que resultaba “importante y esencial” para que el pueblo venezolano confíe en los resultados emitidos. El 21 de abril, la Secretaria Jacobson reiteró en una entrevista, el llamado a realizar la auditoría ciudadana, agregando que no podía precisar si “vamos a implementar o no sanciones”. El Canciller Jaua amenazó con tomar diferentes medidas, incluso la suspensión de la venta de petróleo, si EEUU apelaba a la sanciones contra Venezuela.
 
Tras el amplio reconocimiento otorgado por los gobiernos de América Latina y El Caribe a Nicolás Maduro, la posición estadounidense fue cambiando para ajustarse a la realidad. El Departamento de Estado aclaró que no buscaría establecer sanciones a Venezuela y que era al pueblo venezolano a quien correspondía decidir sobre la legitimidad del gobierno de Maduro, aunque también solicitaron “una rebaja de las tensiones y amenazas contra actores políticos legítimos”, en alusión a las agresiones a líderes de la oposición. Asimismo, fue saludada la designación de Calixto Ortega como nuevo Encargado de Negocios venezolano en Washington en plena crisis política, cuya misión en palabras de Nicolás Maduro es “incrementar el diálogo” bilateral.
 
El 24 de abril, el documentalista Timothy Tracy fue arrestado el pasado 24 de abril en el Aeropuerto de Maiquetía cuando intentaba abandonar el país, siendo acusado de ser un espía que intentaba generar actos de violencia, mientras realizaba una película sobre la situación política de Venezuela en plenas protestas. A través de las discretas gestiones de William Delahunt, Timothy Tracy fue liberado horas antes de la reunión Jaua-Kerry para facilitar las conversaciones.
 
El 3 de junio, la Subsecretaria Jacobson si bien recibió a la diputada María Corina Machado para escuchar el punto de vista de la MUD sobre la situación política venezolana posterior a las elecciones del 14-A, calificó este encuentro como una “discusión sobre cómo podemos apoyar las aspiraciones democráticas en Venezuela, no de un partido, un actor una propuesta específica”. Además, colocó en duda la activación de la Carta Interamericana Democrática y señaló que  debían seguir las conversaciones en UNASUR como un medio para “crear diálogo” entre los venezolanos.
 
Con todas estas acciones y la reunión Jaua-Kerry como colofón, la Administración Obama muestra que ha optado por abrir un canal de diálogo bilateral y re-ensayar su política de compromiso (engagement policy) hacia Caracas. Con ello, EEUU quiere restablecer las relaciones diplomáticas al más alto nivel, propiciar –junto a UNASUR- la despolarización y diálogo político en Venezuela como punto de partida para una nueva gobernabilidad democrática –siguiendo el modelo brasileño-, abrir vías para fomentar la confianza ydisminuir la conflictividad bilateral, así como reactivar la cooperación anti-narcóticos y la cooperación energética. Además, busca desactivar el obstáculo que Venezuela ha supuesto para desarrollar su política latinoamericana en la última década. Por su parte, Nicolás Maduro ha conseguido el reconocimiento de EEUU y desactivar la campaña de denuncia internacional de la MUD.
 
En consecuencia, se ha abierto una ventana de oportunidad para mejorar las relaciones bilaterales como ocurrió tras la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca en 2009; por lo cual, es necesario ser prudente sobre el posible desenlace. La diferencia es que los actores que ahora se encargan de normalizar las relaciones bilaterales pertenecen o estuvieron en contacto con el mítico “Grupo de Boston” conformado por legisladores estadounidenses y venezolanos, quienes -financiados por la OEA- buscaron después de los sucesos de abril 2002 y hasta la retirada de la oposición de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2005, propiciar una relación constructiva entre EEUU y Venezuela, así como impulsar el diálogo y la reconciliación en la política venezolana. Calixto Ortega y William Delahunt pertenecieron a este grupo, y John Kerry, Nicolás Maduro y Cilia Flores participaron en algunas de sus reuniones. Ahora en el poder, reciben los ecos de sus propuestas en aquel “Grupo de Boston”, con la diferencia de que ahora no se encuentran ni Bush ni Chávez en la escena política y tienen margen de maniobra para llevarlas a la práctica. ¿Lo conseguirán? ¿Será William Delahunt el nuevo Embajador de EEUU en Venezuela?

Publicado originalmente en RunRun.es

lunes, 1 de abril de 2013

Los recortes fiscales y su impacto en el uso del poder duro de EEUU


Victor Hugo Matos
El poder duro (en inglés, Hard Power) es un concepto de uso común en las relaciones internacionales que describe la capacidad de un Estado de imponer sus necesidades estratégicas a otro mediante el uso de una diplomacia de carácter ofensivo y de su propio poder militar. Es un hecho en sí mismo, que el poder duro ha sido la base de la política exterior estadounidense desde finales de la Guerra Fría, alcanzando su mayor auge durante el período conocido como “Guerra contra el Terrorismo”.
 
No obstante, la crisis económica del 2009 ha terminado por poner en duda la viabilidad del poder duro como elemento predominante en la política exterior de EEUU, como ya ha hecho con las perspectivas positivas que rodeaban la integración europea. La necesidad de revitalizar la economía, ha llevado a las elites políticas estadounidenses a repensar como lidiar con los conflictos internacionales de forma más selectiva, sobre todo en un momento donde los recortes presupuestarios acordados en el Congreso estadounidense reducen el margen de maniobra del gobierno de EEUU en el exterior.
 
Recordemos que el Presupuesto de 2013 estipula un gasto de defensa de 633 MMM$, una reducción importante desde los 728 MMM$ contenidos en el Presupuesto de 2012. Además, la Administración Obama ha planeado reducir en 487 MMM$ el gasto de defensa en la próxima década. Todo ello, reflejando el final de la “Década de Guerras” y dando prioridad a la región Asia-Pacífico. A todo esto debe sumarse, el impacto de los recortes automáticos de gastos (en inglés, sequester) han generado un impacto adicional de 47 MMM$, el mayor recorte del gasto de defensa en la historia de EEUU.
 
La necesaria adaptación que tales circunstancias exigen, no ha tardado en darse en la forma como se enfoca la utilización de los instrumentos diplomático y militar, lo que ha sido favorecido por la Administración Obama. En el aspecto diplomático, EEUU ha decidido cambiar el unilateralismo como principio de su comportamiento internacional que había mantenido desde el 11-S, por una aproximación conjunta, fortaleciendo sus relaciones con países aliados y buscando que la nueva arquitectura internacional sea construida no por EEUU en solitario sino en conjunto con otros Estados para poder repartir la carga que esto implica; una aproximación, que es compatible con el concepto del “gobierno de los más capaces” -en vez del gobierno de un Hegemón- propio defendido por el Neo-liberalismo en el marco de la Teoría de las Relaciones Internacionales.
 
En la perspectiva de la seguridad,  también se observa un cambio importante, dado que por un lado el concepto de conflicto se ha transformado, generando la necesidad de operaciones quirúrgicas y encubiertas para cumplir con un objetivo especifico, por encima del despliegue convencional de grandes contingentes de tropas; y por el otro lado han variado los criterios sobre los elementos que se consideran amenazas para la seguridad nacional dentro de la comunidad militar y de inteligencia de EEUU. Ambos factores, han obrado en tal sentido, que el Pentágono en conjunto con el Consejo de Seguridad Nacional, han comenzando a estudiar cómo adaptar los 5 componentes de las Fuerzas Armadas estadounidenses y las agencias de inteligencia para los conflictos de las próximas décadas.
 
Lo destacable de todo esto, es que el giro en la política exterior estadounidense ha tenido replicas en la forma en que las alianzas se forman o actúan, como el caso del reacomodo dentro de la OTAN para reequilibrar la distribución de fuerzas, y el renovado Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico, que si bien es una alianza economica, tiene ramificaciones politicas y de seguridad; todo lo cual se acopla bien a  esta nueva visión sobre el papel de EEUU en el Mundo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Irak y EEUU, 10 años después


Dr. Kenneth Ramírez
 
Hemos arribado al 10º Aniversario de la polémica invasión a Irak. Por ello, merece la pena preguntarnos: ¿Cuáles han sido las consecuencias de esta decisión en la última década? Y más importante aún, ¿la decisión de llevar los marines a Bagdad fue la correcta?

Los optimistas –en su mayor parte neoconservadores-, señalan el derrocamiento de Saddam Hussein, la creación de un gobierno electo y una economía que crece en casi 9% anual. Además, subrayan que la producción petrolera ascendió a 3 MMBD en 2012 según la OPEP, y las exportaciones a 2,4 MMBD, lo cual supera sus niveles anteriores a la guerra. En esta línea, la Agencia Internacional de Energía pronostica que Irak aumentará su producción petrolera a 4,2 en 2015 y 6,1 MMBD en 2020, convirtiéndose en un transformador (game changer) del mercado petrolero en la presente década, si no empeoran sus precarias condiciones de seguridad y estabilidad política.

Recientemente, los neoconservadores han agregado que los cambios de Irak abrieron la puerta a las grandes transformaciones que se han dado recientemente en la región, dejando por fin atrás los vetustos anclajes geopolíticos de la Guerra Fría.

Los escépticos –en su mayor parte realistas y liberales pragmáticos- responden que sería un error vincular la Guerra de Irak a la “Primavera Árabe” porque los acontecimientos en Túnez y Egipto en 2011 tienen sus propios orígenes internos, además de tener conexión con el impacto de la crisis económica mundial en esos países; mientras que las acciones del Presidente George W. Bush y su retórica, desacreditaron -en lugar de apuntalar- la causa de la democracia en el región.

Aunque la salida de un dictador como Hussein fue importante, Irak es ahora un lugar violento, con fuertes luchas sectarias entre sunitas y shiítas y ataques terroristas frecuentes. De hecho, una serie de atentados terroristas cobraron la vida de sesenta personas en este 10° Aniversario de la invasión, los cuales han sido reivindicados por Al-Qaeda. A este panorama de por sí difícil, hay que agregar, la autonomía kurda que raya casi en la independencia y el autoritarismo del Primer Ministro Nouri al-Maliki.
Cualesquiera que sean los beneficios de la guerra, los escépticos argumentan, son demasiado escasos para justificar los costos inaceptables: más de 150.000 iraquíes y unos 4.500 soldados estadounidenses muertos, y un costo estimado de cerca de 1 billón de dólares –20 veces lo estimado por la Administración Bush-, lo que ni siquiera incluye a largo plazo los costos de salud y discapacidad para unos 32.000 soldados estadounidenses que resultaron heridos.

Tal vez las cosas puedan cambiar dentro de una década, pero en este momento, la mayoría de los estadounidenses consideran que los escépticos tienen razón; y en consecuencia, la Guerra de Irak seguirá influyendo en la política exterior de EEUU en los próximos años. La Administración Obama no sólo retiró las tropas de EEUU de Irak y se encuentra haciéndolo de Afganistán –en un cronograma que se extiendo hasta 2014-, sino que ha sido muy reticente a involucrarse en nuevas campañas exteriores, ya sea en Irán, Siria o Malí. El apoyo del Presidente Obama a la “Operación Protector Unificado” en Libia en 2011, no fue más allá de brindar apoyo aéreo cercano a los entonces rebeldes libios que deseaban derrocar a Muammar Gaddafi; dejando claro a sus aliados y al Consejo Nacional de Transición libio, que no pondría tropas sobre el terreno. Incluso dejó que Reino Unido y Francia llevaran buena parte del esfuerzo militar y diplomático.

En la próxima década, es muy poco probable que EEUU intente otra prolongada ocupación y transformación de un país (national building). Recordemos que el Ex -Secretario de Defensa, Robert Gates, poco antes de dejar el cargo, declaró que cualquier asesor que recomiende tal curso de acción “debería hacerse examinar la cabeza”. Algunos le llaman a esto neo-aislacionismo, pero quizás es mejor llamarlo prudencia y pragmatismo.

Aunque una década puede ser demasiado pronto para dar un veredicto definitivo sobre las consecuencias a largo plazo de la Guerra de Irak, no es demasiado pronto para evaluar el proceso por el cual la Administración Bush tomó sus decisiones.

La Administración Bush utilizó tres argumentos principales para justificar la invasión de Irak. La primera, los vínculos de Saddam Hussein con Al-Qaeda. Las encuestas de opinión pública muestran que muchos estadounidenses aceptaron esta conexión, pero la evidencia no lo sostiene. De hecho, se mostró a posteriori que esos supuestos vínculos eran prácticamente inexistentes, y que fue la caída de Saddam Hussein lo que llevó a la creación de Al-Qaeda de Mesopotamia como afiliado del grupo de Bin Laden.

El segundo argumento fue que la sustitución de Hussein con un régimen democrático era una manera de transformar políticamente el Medio Oriente. Varios miembros neoconservadores de la Administración Bush había instado a una política de “cambio de régimen” en Irak mucho antes de asumir el cargo, pero no fueron capaces de implementarla durante sus primeros ocho meses en la Casa Blanca. Después del 11-S, se movieron rápidamente para impulsar esta política, aprovechando la ventana de oportunidad que le brindaron los ataques terroristas.

Bush habló con frecuencia de “cambio de régimen”, de una "agenda de la libertad" y de un “Nuevo Medio Oriente” con sus partidarios, citando el papel de EEUU en la democratización de Alemania y Japón, tras la ocupación militar que siguió a la derrota de las Potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Pero la Administración Bush no tuvo cuidado en el uso de las analogías históricas e imprudentemente no se preparó para una ocupación efectiva en un país musulmán.

El tercer argumento se centró en prevenir que Saddam Hussein desarrollara armas de destrucción masiva. La mayoría de los países convinieron en que Saddam Hussein había desafiado las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU por años. Por otra parte, la Resolución 1441, aprobada por unanimidad, colocó la carga de la prueba a Hussein.

Mientras la Administración Bush fue criticada más tarde cuando los inspectores no encontraron rastros de un programa iraquí de armas de destrucción masiva; la opinión de que Saddam Hussein habría estado desarrollándolas, fue ampliamente compartida por muchos países, y entre ellos, Reino Unido, España, Italia, Portugal, Polonia, Japón y Australia. La prudencia podría haber comprado más tiempo a los inspectores dirigidos por Hans Blix, pero EEUU ya tenía un pensamiento comprometido al respecto y no estaba solo en este error.

George W. Bush ha dicho que la historia lo rescatará y se compara a sí mismo con el Presidente Harry Truman, quien dejó el cargo con una baja popularidad debido a la Guerra de Corea, y está bien ponderado en la actualidad. ¿Será realmente el juicio de la historia tan benigno con Bush?

Los historiadores e internacionalistas estadounidenses señalan que se requieren cerca de 50 años antes de que se pueda apreciar realmente el legado exterior de un Presidente. Pero una década después de que dejó el cargo el Presidente Truman, el Plan Marshall y la OTAN fueron vistos ya como logros sólidos. Bush carece de éxitos comparables para compensar su mala gestión de Irak, por no hablar de Afganistán.

Incluso si los acontecimientos fortuitos conducen a un Medio Oriente mejor en otros 10 años, los futuros historiadores e internacionalistas probablemente criticarán la forma en que George W. Bush hizo sus decisiones y sopesó los costos y riesgos de sus acciones. Una cosa es tratar de reforzar la hegemonía de una potencia; y otra cosa muy diferente, es colocarla al borde del precipicio.

martes, 11 de septiembre de 2012

11-S, el año undécimo


Dr. Kenneth Ramírez

Once años después de los asombrosos ataques terroristas al corazón económico y militar de la primera potencia mundial, vale preguntarnos ¿dónde nos encontramos?
 
Si la bipolaridad de la Guerra Fría cedió su paso a un interludio sustancialmente unipolar durante la Era de Clinton, el 11-S mostró al Mundo que la hegemonía estadounidense no era omnipotente ni duraría para siempre. No solamente habían sido atacados en su propio territorio, sino que su gobierno se encontraba incapaz de ejercer una estrategia coherente y recuperar la seguridad perdida. La “Era Unipolar” cantada por los bardos neoconservadores, parecía cada vez más un “Momento Unipolar” que se iba esfumando.
 
La falta de eficacia inmediata para encontrar y detener a Osama Bin Laden, y el fracaso en el que se convertirían las guerras de Afganistán e Irak, mostraron que no era suficiente con tener el presupuesto militar más importante a nivel mundial si ello no podía traducirse en poder efectivo. La economía estadounidense al mismo tiempo se iba resintiendo. Las interminables guerras tenían un alto costo económico mientras las potencias emergentes -especialmente China- se iban afirmando en la escena mundial. Luego sobrevino la bancarrota de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 -el segundo 11-S de la Administración Bush-, para terminar de aclarar que todo había cambiado.
 
Hoy por hoy, es ampliamente aceptado que nos dirigimos a un nuevo sistema multipolar, donde varias potencias globales y regionales ya están gozando en determinados momentos de mayor poder e influencia que Washington en ciertos asuntos. En efecto, EEUU se encuentra en un proceso de declive relativo que le está transformando en un primus inter pares respecto a las otras potencias, teniendo menos deseos de involucrarse en guerras exteriores, exhibiendo una recuperación económica aún anémica y con una fuerte división inter-partidista sobre los grandes temas nacionales.
 
Los realistas han estado intentando componer la vajilla destrozada por los neoconservadores. Han orientado el cambio de estrategia de la Administración Obama, sustituyendo la genérica “Guerra contra el Terrorismo” por la más acotada “Lucha contra Al-Qaeda y sus aliados”, empleando para ello los servicios de inteligencia, bombardeos selectivos con drones y la cooperación efectiva con aliados clave. Aunque, Al-Qaeda y sus organizaciones afiliadas aún no han desaparecido, y sus acciones violentas siguen materializándose desde Mali a Yemen, y desde Nigeria a Asia Central y el Cáucaso; lo cierto es que con la muerte de su líder Osama Bin Laden el 2 de mayo de 2011 en Abbottabad (Pakistán), podía constatarse su pérdida de fuerza y serio retroceso en el Mundo musulmán.
 
A partir de allí, la Administración Obama culminó la retirada de Irak y emprendió el mismo camino en Afganistán, aceptando incluso que antiguos enemigos como los Talibanes parecen destinados a recuperar al menos parte del poder. Ha tratado de gestionar los problemas en el Medio Oriente junto con aliados como la Unión Europea, Turquía, Arabia Saudita y Qatar, en una estrategia indirecta denominada por uno de sus colaboradores como Leading from Behind (“Liderando desde Atrás”). Además, ha procedido a redireccionar la política exterior de EEUU hacia Asia con el objetivo implícito de contener e intentar comprometer a una China cada vez más poderosa con el orden internacional existente: el “pivote al Pacífico”.
 
Ahora, la lucha en el Mundo musulmán se ha desplazado a los “corazones y las mentes” y se hace de manera indirecta, intentando matar el sueño de Bin Laden de construir un nuevo Califato a través de la yihad. Los jóvenes de Túnez y El Cairo dieron el primer paso al negarse a tomar partido en la confrontación aterradora entre dictadura o yihad, y procurar otra salida que busca la coexistencia entre democracia e islam moderno: la “Primavera Árabe”. Por ello, en este año undécimo, la hora decisiva se juega en las transiciones políticas abiertas en Túnez, Egipto y Libia, así como en la búsqueda de una solución a la guerra civil siria. Si estos procesos políticos complejos desembocan en la instauración y consolidación de democracias islámicas en el Mediterráneo musulmán que tengan como ejemplo a Turquía, su ola expansiva llevará a una modernización del Mundo islámico en general, y a la segunda y quizás más importante muerte de Bin Laden –la muerte de su sueño. Por el contrario, si estos procesos encallan, puede resurgir la oleada frustración y odio que alimentaría un resurgimiento de Al Qaeda en el futuro. De allí, el apoyo diplomático y financiero de la Administración Obama y sus aliados a estos procesos de transición política.
 
Por los momentos, Al-Qaeda está perdiendo la guerra y EEUU está obteniendo una amarga y costosa victoria. ¿Desaparecerá el primero y el segundo perderá definitivamente su supremacía dando paso a un sistema multipolar? Sólo el tiempo nos lo dirá