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miércoles, 31 de julio de 2013

El declive de la ALBA


 
Dr. Kenneth Ramírez

Los mandatarios de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) se reunieron en Guayaquil este martes 30 de julio para celebrar su XII Cumbre Presidencial. Dicha Cumbre estuvo llena de significación, ya que fue la primera tras la muerte de Chávez -su carismático líder fundador-, quien fue capaz de influir en los destinos de la región y atraer los reflectores de la prensa mundial.
En consecuencia, lo más importante de esta Cumbre de Guayaquil fue que dejó entrever la falta de liderazgo político y capacidad económica para movilizar a otros actores en torno a este proyecto alternativo. Rafael Correa ha tratado de erigirse en el nuevo líder, y cuenta con la formación, la base política y cierto carisma para evitar que la ALBA quede huérfana, pero le faltan los recursos económicos. Evo Morales y Daniel Ortega adolecen de todos los requisitos; mientras Cuba debe ocuparse de su propia transición política, con el anunciado cambio en la cúpula dirigente en el próximo lustro. En el caso de Nicolás Maduro, la cuestionada victoria en las elecciones del 14-A, la crisis económica que atraviesa Venezuela, el estancamiento de la producción de PDVSA y unos precios del petróleo que apuntan a niveles de 85-90 $/Bl para 2016 debido a la producción de petróleo de esquistos en EEUU, no favorecen el que asuma el liderazgo internacional que dejó Hugo Chávez. Tampoco tiene la figura y carisma de aquél; pero aún la ALBA cuenta con los recursos petroleros venezolanos para mantenerse a flote.
En este sentido, lo que hemos visto en Guayaquil ha sido una soterrada rivalidad entre Rafael Correa y Nicolás Maduro por la herencia internacional de Chávez y el liderazgo de la ALBA, al tiempo que colectivamente han intentado demostrar unidad, y que este mecanismo de coordinación política e ideológica sigue teniendo vigencia y sentido. En este contexto, la crítica de Correa a la “tibieza” del borrador de Declaración preparado por los Cancilleres y sus equipos, y su discurso apasionado, recordó más al finado Chávez que el propio Maduro. Quizás sea que Correa tiene su propio perfil dentro del “socialismo del siglo XXI” o quizás sea que tiene mayor carisma y elocuencia, pero lo cierto es que resulta más atractivo a la prensa mundial -y pareciera que hasta al mismo Fidel Castro-, que un Maduro que intenta mimetizar a la saciedad las palabras y gestos de Chávez.
Por otra parte, y como era de esperarse, en Guayaquil se agitó el caso Snowden como punta de lanza contra el “imperialismo” de EEUU, el “neocolonialismo de sus transnacionales” y su “red mundial de espionaje” como manifestó el Presidente Correa. También fue aprovechada la ocasión para respaldar una vez más a Evo Morales, por la desafortunada e irrespetuosa forma en que se denegó el espacio aéreo a su avión presidencial en Europa. Pero resultó aún más interesante el que los países de la ALBA han encontrado un nuevo enemigo: la “Alianza del Pacífico”.
Recordemos que la Alianza del Pacífico creada en 2011, es un tratado de libre comercio entre México, Colombia, Perú y Chile –Costa Rica se encuentra en proceso de adhesión-, que constituye el 42% del PIB de América Latina –segunda economía de la región después del MERCOSUR-, cuyos miembros tienen a su vez tratados comerciales con EEUU, la Unión Europea y países de Asia-Pacífico. Por ello, este mecanismo ha llamado la atención mediática y política a nivel mundial, viviendo uno de sus momentos estelares en la VII Cumbre Presidencial celebrada en Cali en mayo de este año. Además, el pasado 5 de julio, los países suramericanos de la Alianza del Pacífico evitaron darle carácter de “Cumbre” a la Reunión de UNASUR efectuada en Cochabamba para desagraviar a Evo Morales por el incidente con su avión presidencial en Europa, ya que quisieron evitar una escalada con sus socios europeos. Esto fue duramente criticado por el Presidente Correa quien les invitó a “graduarse de colonias”.
Es decir, la ALBA ha anunciado en Guayaquil que aprovechará la presencia de la Alianza del Pacífico en la nueva cartografía de la integración regional para polarizar y movilizar al resto de los actores de la región. No en balde titularon el documento final como “Declaración de la ALBA desde el Pacífico”: toda una manifestación de propósitos. En palabras del Presidente Correa “se enfrentan dos visiones del Mundo: el neoliberalismo, el libre comercio, y aquellos que creemos en el socialismo, en garantía de derechos, en zonas libres pero no para el libre comercio, sino libre de hambre, libre de pobreza”. Aun así, no será tarea fácil re-polarizar la región, ya que en Washington gobierna Barack Obama y no George W. Bush; y los Presidentes de la Alianza del Pacífico tienen posturas pragmáticas hacia la ALBA, y en el caso de los mandatarios mexicano y el peruano, son de centro-izquierda y han manifestado admiración por el Ex–Presidente Lula, quien les ha enviado incluso asesores. Esto por no hablar de una posible victoria de Michelle Bachelet en Chile en las elecciones del próximo 17 de noviembre.
Además, otro hecho que fue destacado en la Cumbre de Guayaquil fue el ingreso de Santa Lucía a la ALBA, ante lo cual el Presidente Maduro exclamó “ahora somos nueve países”. Empero, lo cierto es que debido a su situación económica, Venezuela ha manifestado que aumentará los intereses de la factura petrolera financiada en PETROCARIBE a partir del mes de octubre, salvo a socios especiales –léase miembros de la ALBA- como Cuba y Nicaragua. Es decir, el paso dado por Santa Lucía ha sido absolutamente calculado y no ideológico.
En definitiva, la ALBA ha entrado en una fase de declive. La nueva geopolítica regional está marcada por la Alianza del Pacífico y el MERCOSUR. No obstante, esto no implica que la ALBA vaya a desaparecer de manera inmediata. Por lo pronto, seguirá estando presente en la región con una capacidad mermada, y ocupando un rol crítico a la Alianza del Pacífico como “retorno del ALCA” y los posibles excesos que pueda cometer Washington. En esto, la ALBA seguirá siendo utilizada de manera sofisticada por Brasil para desgastar la influencia de EEUU en la región, al tiempo que mantiene un diálogo estratégico y una cooperación pragmática con Washington a nivel bilateral, y Dilma Rousseff efectúa su anhelada visita de Estado a la Casa Blanca para octubre próximo, donde será recibida como líder de una potencia emergente y árbitro regional. Bien le vendría a Venezuela más realismo en su política exterior.

Publicado originalmente en RunRun.es

miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Volverá Bachelet?


M.Sc. Belén González

El próximo 30 de junio, la oposición chilena decidirá quien será su candidato para las presidenciales del 17 de noviembre, muchos podrían decir que se trata de una elección más, de un nuevo pulso del poder interno en el seno de los partidos, pero el escenario se ha modificado por un detalle pequeño, pero significativo: la participación de la interesante, polémica y respetada, ex presidenta Michele Bachelet, quien participa en estas primarias como abanderada del Partido Socialista y del Partido por la Democracia. Si logra convertirse en la candidata de la Concertación estaría, según todas las encuestas, dando el primer paso en su regreso a La Moneda.
 
La sencilla Michelle Bachelet se convirtió tras su paso por la presidencia, en una referencia constante en su país, y fuera de el, no en vano, y a pesar de que como todo líder siempre se ha movido en un campo minado de seguidores y adversarios, logró con su gestión índices de popularidad históricos, al que no le llegan ni de cerca ningún otro Jefe de Estado en Chile. Hablamos del muy respetable porcentaje de 84,1% de aprobación, por eso no extraña que casi desde el momento mismo de su salida del poder, cuando entregó la presidencia al derechista Sebastian Piñera, en pleno terremoto, su figura se convirtiera en la principal referencia al hablar del gobierno que asumiría el 2014.
 
Verónica Michelle Bachelet Jeria, nació en Santiago de Chile el 29 de septiembre de 1951, hija de la arqueóloga Ángela Jeria y de Alberto Bachelet, Brigadier General de la Fuerza Aérea y miembro del gobierno de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende, quien tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, fue detenido por la dictadura y falleció en prisión. Estudió medicina en la Universidad de Chile, donde, a pesar de los tropiezos propios del exilio, obtuvo el título de médico pediatra, especializada en epidemiología. En su época de estudiante ingresó a las filas del Partido Socialista, y le tocó vivir en la clandestinidad, ser detenida por los esbirros de la dictadura y salir huyendo del país. Vivió en Estados Unidos, Australia y Alemania, lo que le permitió dominar dos idiomas: ingles y alemán. Tiene tres hijos y dos divorcios, y se define como una profesional de clase media adicta al trabajo.
 
Tras su regreso a Chile, desarrolló una carrera política de bajo perfil, en el marco del reciente cambio político que se instaló con la victoria de Patricio Aylwin en las elecciones presidencial de 1989, época en la que la Concertación de Partidos por la Democracia asumió el mando para dar inicio al período de la transición a la democracia. Su primer cargo relevante en las filas gubernamentales fue el de ministra de Salud durante el gobierno de Ricardo Lagos Escobar en el año 2000. Su gestión la llevó, en el 2002, a la jefatura de la cartera de Defensa, siendo la primera mujer del país y de Iberoamérica en ocupar ese puesto; pero además, la primera socialista en asumir ese ministerio en 29 años, desde que Orlando Letelier fuera depuesto tras el golpe de Estado. Paradójicamente se convirtió también en la primera ministra de la Defensa torturada por órdenes de las mismas Fuerzas Armadas que ahora estaban a su cargo.
 
A pesar de ser mujer en un mundo de hombres, Bachelet no enfrentó problemas con las jerarquías de las Fuerzas Armadas, por el contrario, muchos analistas coinciden en que este cargo y su buen manejo del ámbito militar le abrieron las puertas para ser designada candidata presidencial de la Concertación de Partidos por la Democracia para las elecciones presidenciales de 2005, comicios que ganó cómodamente.
 
El 11 de marzo de 2006, se convirtió en la primera mujer en la historia del país en ocupar el máximo cargo gubernamental, y en la cuarta Jefe de Estado de la Concertación de Partidos por la Democracia. A pesar de que su gobierno comenzó con muy buen pie, su popularidad se vio afectada por sucesos como la Revolución Pingüina, la crisis del Transantiago y otros conflictos dentro de la coalición de gobierno. Pero además, su mandato debió enfrentar la crisis económica mundial de 2008, un escenario difícil, especialmente para una administración con un marcado sello social, sin embargo sorteó las circunstancias y las cosas se inclinaron a su favor, pues los chilenos aprobaron su desempeño y su gestión.
 
Durante su gobierno, Bachelet tomó medidas importantes, la primera, la gratuidad inmediata en el sistema de salud para los mayores de 60 años, la entrega de bonos de invierno a las familias más pobres del país, la reforma de la salud chilena, la construcción de nuevos hospitales, y la creación de los Ministerios de Seguridad Ciudadana y Medio Ambiente. Educación fue un tema relegado y un punto de roce como lo demostraron la serie de protestas estudiantiles que exigían unas reformas que nunca llegaron, y por las que aún luchan los jóvenes chilenos.
 
La mandataria, la política, la mujer, no se cansa de romper paradigmas, en 2002, durante las graves inundaciones que azotaron diversas comunas del Gran Santiago, se montó en un tanque para dirigir a las tropas en las actividades de asistencia a los afectados; en un concierto de Joan Manuel Serrat, su entrada fue más vitoreada que la del propio cantante. En 2003, las encuestas la convertían en la funcionaria mejor evaluada del gobierno y en 2004 ya era una de las favoritas para la elección presidencial siguiente. Durante su gestión fue la primera presidenta pro tempore de UNASUR, se le consideró, una de las mujeres más poderosas del mundo, la decimoquinta líder más influyente y uno de los 100 pensadores globales más destacados del mundo. No en vano, tras su mandato, asumió como Secretaria General adjunta de las Naciones Unidas con el fin de dirigir la recién creada agencia ONU Mujer, alcanzando así el rango más alto dentro de la jerarquía administrativa del organismo mundial después del Secretario General.
 
Pero volviendo al ahora, y a la polémica de su reaparición en el escenario político chileno, es importante señalar que regresó a Chile el pasado 27 de marzo, tras 30 meses en Nueva York dejando con honores la Dirección Ejecutiva de ONU Mujeres. Al día siguiente, anunció su candidatura a las internas, prometiendo grandes reformas para combatir la desigualdad, de allí que la gran incógnita alrededor de su figura en este momento sea el nivel de profundidad de esos cambios que pretende impulsar si llega de nuevo a La Moneda.
 
Hay quienes aseguran que su plan es realizar cambios de fondo que sorprenderán incluso al establishment de la Concertación, y que incluyen Reforma constitucional, gratuidad de la enseñanza, cambios radicales en materia tributaria. Ahora bien, las dos grandes preguntas en el ambiente son: ¿Los Chilenos apoyaran nuevamente la Concertación a pesar de las desilusiones? ¿Tendrá Bachelet la fuerza y el respaldo político necesario para materializar los cambios sociales en los que está pensando?
 
Responder a ambos cuestionamientos a estas alturas es hacer simples especulaciones sobre una realidad compleja, ella parece estar clara al respecto, pues insiste en sus discursos de campaña en que el nuevo ciclo político, económico y social que vive Chile requiere de una nueva amplia mayoría que incluya a los partidos políticos, los ciudadanos y a todas las fuerzas sociales, con sus virtudes y defectos.
 
Bachelet disputará frente a otros tres aspirantes, el ex alcalde demócrata cristiano Claudio Orrego, el senador radical José Antonio Gómez y el independiente Andrés Velasco, la candidatura única a las presidenciales por la opositora Concertación, coalición de centroizquierda que gobernó Chile entre 1990 y 2010. En el bando oficialista, los candidatos a las internas son Laurence Golborne, ex ministro de Obras Públicas por la Unión Demócrata Independiente, y Andrés Allamand, ex titular de Defensa del actual gobierno y candidato de Renovación Nacional, puesto que el actual mandatario, Sebastián Piñera, no puede presentarse a la reelección.
 
Lo que pasará el próximo 30 de junio podría ser un paso más en la exitosa carrera de las féminas en el sector público en Latinoamérica, pues si Michelle Bachelet obtiene la candidatura de la Concertación, lo que para muchos sería el principal indicador de que el camino a la presidencia se le abre de par en par, se confirmaría, una vez más, la existencia del “girl power” que, al menos en política, se instaló en 1990 con el triunfo electoral de Violeta Chamorro en las presidenciales de Nicaragua. Hoy en día el hecho de que las mujeres alcancen posiciones de poder es un acontecimiento poco menos que ordinario, no en vano el 40% de la población de América del Sur está gobernado por féminas con Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina y Laura Chinchilla en Costa Rica.
 
El regreso de Michelle Bachelet, la defensora de los derechos de la mujer en el globo, al escenario político en Chile, representa para algunos una vuelta al pasado y sus vicios, para otros, una vuelta al pasado y sus beneficios. Es cierto que como Jefa de Estado, y ser humano, tuvo aciertos y desaciertos, pero no debemos menospreciar el hecho de que tres años después, regresa con mayores experticias gerenciales y nuevas experiencias vivenciales que dan a sus ideas cimientos más fuertes. Resta esperar que se den los acontecimientos. Tras las primarias, tendremos más tela que cortar y más bases para inferir sobre el futuro de Chile, que busca en la ex presidenta el centro que equilibre las desilusiones que han dejado la derecha y la izquierda en el poder. Amanecerá y veremos.