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martes, 30 de agosto de 2016

La paz y sus perspectivas


Prof. Félix Gerardo Arellano

Es muy factible que el próximo 02 de octubre gane el SI en el plebiscito que consulta al pueblo colombiano sobre el acuerdo de paz con las FARC-EP, el bajo nivel del umbral establecido, el 13% del padrón electoral, es una garantía de confianza para el gobierno. Y todos compartimos que, luego de más de cincuenta años de guerra, con unos costos humanos impactantes, la paz es necesaria. Además, la paz en Colombia beneficia a toda la región; empero, existe legítima preocupación sobre las perspectivas de las paz, tanto para Colombia, como para sus vecinos. Varias de las dudas que han presentado los críticos no han sido atendidas y el gobierno moviliza su maquinaria con aires triunfalistas y con la rigidez que le caracteriza.

La paz es necesaria y la negociación ha sido compleja, técnicamente detallada y exhaustiva, un gran esfuerzo; empero, desde sus inicios ha presentado debilidades, que fueron alertadas y no resueltas. La agenda inicial de la negociación representó un triunfo para las FARC, la presentaban como un beligerante, calificación que fue permanentemente rechazada por el gobierno colombiano. Sentarse con un grupo, ayer considerado terrorista y narco guerrilla, a negociar políticas públicas que son competencia de los órganos legislativos, resultaba desproporcionado. Iniciar el proceso de negociación sin el desarme de la guerrilla fortaleció sus posiciones. Adicionalmente, que el Presidente Santos presente la negociación como su proyecto personal, le ha restado confianza y participación nacional.
Cuando el gobierno promueve el acuerdo de 297 páginas, a muchos colombianos preocupa que el tecnicismo de la justicia transicional, se convierta en la práctica en la impunidad de los delitos atroces, crímenes de guerra y de lesa humanidad. El procurador del país lo ha alertado, sin mayores resultados. Los diez curules garantizados en el Congreso para el 2018 y 2022, pueden parecer insignificantes, pero afectan a pequeños grupos políticos colombianos que les resulta difícil lograr representación por la vía democrática, en el rígido juego político colombiano.

También inquieta como el hábil discurso gubernamental ha eliminado las vinculaciones de las FARC con el rentable negocio del narcotráfico y los secuestros. Un marketing subliminal que pareciera promover la “pureza ideológica” de las FARC, ha dejado anonadado al país. En este momento pareciera que el gobierno también trata de ocultar el tema de los disidentes de las FARC que no apoyan las negociaciones, que seguramente aspiran mantener su negocio de guerrilla vinculado al narcotráfico.

Por otra parte, el discurso gubernamental presenta el plebiscito en una polarización maniqueista, entre paz y guerra, lo que es falso y manipulador. Nadie rechaza la paz, pero en democracia se pueden cuestionar algunos de las estrategias y tácticas de negociación y del texto del acuerdo. Dividir el país puede dar resultados a corto plazo, para garantizar el triunfo del plebiscito, por el bajo nivel del umbral del 13%, pero puede dejar una población resentida para las elecciones del 2018.

Las lecturas pedagógicas de algunos puntos débiles de la negociación y del acuerdo resultan delicadas. Una de ellas es que pareciera conveniente promover la guerrilla, para garantizar beneficios procesales en la justicia transicional, subvenciones personales y cargos seguros en el Congreso.

En otro orden de ideas, también preocupa que las FARC no evidencien haber comprendido sus colosales errores, ni superado su anacrónico y falso discurso. Esperemos que el pueblo colombiano, que conoce muy bien lo duro que es prosperar, no se deje engañar con los cantos de sirena que prometen la riqueza fácil, distribuida por un todo poderoso, que aspira llegar al poder por la vía democrática, para luego destruir las instituciones y perpetuarse.

Para los vecinos de Colombia, es preocupante, entre otros, el silencio sobre los disidentes de las FARC, que podrían buscar refugio en las fronteras quienes, armados y con mentalidad guerrera y subversiva, pueden agravar los problemas ya existentes.

martes, 22 de septiembre de 2015

ONU: 70 años


Dr. Jesús E. Mazzei Alfonzo

En menos de un mes, se celebrará el 70 Aniversario de las Naciones Unidas. La función primordial de esta organización multilateral ha sido la de preservar la paz, lo cual por lo demás ha sido arduo y difícil. Las grandes guerras han sido seguidas por conflictos de carácter local, que por razones étnicas, culturales, tribales, religiosas, o ambiciones políticas  grupales, se convierten en conflictos geopolíticos y guerras fratricidas como vemos actualmente en los conflictos de Siria, ocasionados por un adversario novedoso y de rápida expansión: ISIS. Está también, las secuelas de las guerras de Irak y Afganistán, con todas sus implicaciones. En síntesis el análisis de la actual estructura internacional apunta hacia cinco procesos o tendencias en desarrollo,  a saber: despolarización, disociación hegemónica, transnacionalización, descontención y nueva vulnerabilidad del Estado.

Hoy el desafío de las Naciones Unidas es aún mayor, porque estamos en presencia de veloces cambios en las relaciones políticas, económicas, culturales, sociales, medioambientales de las naciones, animados por procesos dinámicos inacabados y asentados sobre los cimientos todavía no completamente sólidos de los que podría llegar a ser un Nuevo Orden Internacional Pos-Guerra Fría.

Debe señalarse asimismo, que esto nos dibuja una estructura internacional en transición, compleja y si se quiere, en construcción en la redes de relaciones y reacomodos que se dan, lo cual no nos permite efectuar un análisis simplista de la realidad contemporánea. De allí que debemos tratar de comprender y entender, qué está aconteciendo en las relaciones internacionales de hoy. Estamos ante una estructura internacional apolar y carente de una estabilidad hegemónica real.

En su interior la organización confronta asuntos muy delicados y complejos que definirán su porvenir, para garantizar su estabilidad y fortaleza para cumplir eficazmente sus funciones. Así, temas como la incorporación de nuevos miembros en el Consejo de Seguridad tendrán que definirse  en un plazo prudencial, aunque lleva consigo delicadas negociaciones. Tal como expresa el destacado académico Jeffrey Sachs: “...afecta a la misma gobernanza de la ONU, empezando por el Consejo de Seguridad, cuya composición ya no refleja las realidades geopolíticas mundiales. La insuficiente representación de Asia plantea una grave amenaza para la legitimidad de la ONU, que no hará sino aumentar al cobrar la región más populosa y dinámica del Mundo un papel cada vez más importante. Una posible forma de resolver ese problema sería la de añadir al menos cuatro puestos asiáticos...”; a lo cual agregaría de otros continentes que deben ser representados, como América Latina y África. Otro tema crucial es el compromiso financiero de los países miembros, incluyendo el pago oportuno de cuotas.

La ONU debe reforzar su pericia en asuntos como los océanos, las energías renovables, la planificación urbana, la lucha contra las enfermedades, la innovación tecnológica, las asociaciones público-privadas y la cooperación cultural pacífica.

Aunque cuesta asimilarlo, la ONU ha tenido importantes éxitos que deberán con negociaciones y seguimiento adecuado, garantizar su cumplimiento para evitar funestas consecuencias, como por ejemplo, el acuerdo nuclear con Irán y los Objetivos del Desarrollo del Milenio -que ha logrado importantes avances en la lucha contra la erradicación de la pobreza, aunque falta mucho por hacer. El otro gran reto tiene que ver con la conclusión de un nuevo acuerdo de limitación de gases de efecto invernadero que recoja el testigo del Protocolo de Kioto, para lo cual resulta la Cumbre de Cambio Climático en París en diciembre próximo.

Por ello, a pesar de los grandes servicios que ha prestado a lo largo de los años, es fundamental que la ONU sea reformada, siendo crítico no sólo la modificación de su estructura para tornar, por ejemplo, al Consejo de Seguridad en un órgano más democrático, representativo, legítimo, y por eso más eficaz en el logro de sus objetivos. Por lo tanto, es indispensable esa actualización institucional que lo haga acompañar de una mudanza de visión de sus Estados miembros.

Además, es importante fortalecer la diplomacia preventiva, que articule a los actores y sujetos del acontecer internacional en un ámbito de y para la paz. Siempre he augurado a las Naciones Unidas, un sitio preponderante en la política internacional, como lo aspiraron sus fundadores, quienes no veían sus funciones sólo en el ámbito de una organización en el marco de una estructura de poder bipolar, tripolar o como aparente el Mundo va a un mundo multipolar o apolar entre las naciones.

Deseo finalmente, homenajear a cuatro ilustres venezolanos que coparon con su lucidez, prestigio intelectual  y esfuerzos por construir un Mundo mejor en todos los órdenes de la vida de la Comunidad Internacional como lo fueron, el Canciller para la época y fundador de la ONU, Caracciolo Parra-Pérez, así como eminentes diplomáticos como Manuel Pérez Guerrero, José Antonio Mayobre y Andrés Aguilar.

sábado, 18 de octubre de 2014

Venezuela en el Consejo de Seguridad


Dr. Kenneth Ramírez

Venezuela ha sido electa por quinta ocasión como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, para el período 2015-2016. Al respecto, resulta importante realizar algunas consideraciones. En primer lugar, es una noticia que debe embargarnos de alegría a todos los venezolanos, ya que denota la importancia de Venezuela a nivel regional y su peso intermedio a nivel global –como medida de comparación, España también acaba de ser electa por quinta vez-; siendo además una oportunidad para desarrollar una posición de Estado que permita dejar huella en la resolución pacífica de los conflictos y en el tratamiento constructivo de problemas globales apremiantes, denotando nuestro carácter como país amante de la paz. No obstante, existen fundados temores de que esto no sea así, y que el gobierno utilice el asiento como caja de resonancia para su discurso anti-estadounidense y anti-capitalista radical bien conocido, lleno de estridencias y posturas maniqueas y parcializadas en los complejos conflictos abiertos –de Ucrania a Palestina y Siria. De ser cierto esto último, constituiría un error y se perdería una gran ocasión para aumentar el prestigio de Venezuela.

En segundo lugar, resulta interesante que Venezuela ganó su asiento prácticamente sin oposición -181 votos a favor, 1 en contra, 10 abstenciones y 1 voto nulo. Esto implica que la candidatura venezolana recibió total respaldo de América Latina y El Caribe, lo que está asociado tanto a un capital relacional acumulado en los últimos 15 años, como a la influencia importante –aunque mermada- de Venezuela en el nuevo orden regional y al apoyo de Brasil a la candidatura venezolana desde que ocupaba la Presidencia pro-témpore del MERCOSUR –la cual entregó en julio pasado. En este sentido, la diplomacia venezolana tuvo un punto de partida excepcional para hacer cabildeo con países de otras regiones hasta alcanzar mucho más votos de los dos tercios requeridos.

EEUU, por su parte –y a diferencia de 2006-, se limitó  a criticar el déficit democrático de Venezuela y su comportamiento contrario al espíritu de la Carta de Naciones Unidas, pero no utilizó a fondo sus contactos diplomáticos para bloquear la candidatura venezolana en la Asamblea General. Cabe destacar, que la Administración Obama ha descuidado la región porque tiene otras prioridades –y esto continuará hasta que abandone la Casa Blanca en enero de 2017, debido a la campaña abierta contra el Estado Islámico de Irak y Siria. Asimismo, la Administración Obama no desea polarizar con Caracas como lo hizo la Administración Bush; y realiza una última apuesta por normalizar las relaciones diplomáticas con el nuevo Encargado de Negocios, Lee McClenny, quien llegó a Caracas en agosto pasado. Las críticas a la candidatura venezolana deben leerse en clave individual, ya que la Embajadora Samantha Power tiene un Doctorado en Derechos Humanos y es una gran activista; y en clave de política interna, ante unas elecciones legislativas de medio término a tiro de piedra y un conjunto de senadores republicanos presionando al Secretario de Estado, John Kerry, para que tratara de impedir la llegada de Venezuela al Consejo de Seguridad.

Washington solicitó a Bogotá que intentara romper el consenso regional en torno a la candidatura venezolana, pero el Presidente Santos no tenía interés en confrontar a Venezuela, ya que es un país acompañante de la mesa de diálogo de paz con las FARC en La Habana y se sigue apostando por rescatar el comercio bilateral –ahora afectado por la lucha de Venezuela contra el contrabando. Ya existen suficientes perturbaciones en la relación como para añadirle un elemento más; más aún cuando no existe interés de parte de otros países latinoamericanos ni una voluntad clara de EEUU. En consecuencia, no se puede decir que el ingreso de Venezuela al Consejo de Seguridad es un “rotundo triunfo” contra una “campaña imperialista”, aunque si debe decirse que es un éxito diplomático.

En tercer lugar, hay que señalar que debería revisarse la posición nacional en diferentes conflictos que marcan la agenda actual, donde se ha tenido una actitud sesgada y extremista que no abona a la búsqueda de soluciones diplomáticas creativas para fortalecer la paz y seguridad internacionales. Asumir una posición anti-estadounidense, anti-israelí e izquierdista radical no representa a todos los venezolanos ni tampoco ese voto latinoamericano que debe honrarse. En este sentido, hay una gran oportunidad para ejercer una posición equilibraba y constructiva, en consulta amplia y permanente con sectores nacionales y regionales, aprovechando la presencia de Ecuador, Uruguay y Argentina, en las presidencias pro-témpore de la CELAC, UNASUR y MERCOSUR, respectivamente. Debe evitarse caer en la tentación de utilizar el Consejo de Seguridad como megáfono para la pugnacidad, la destemplanza y el tremendismo con el único propósito de atraer reflectores, ocupar titulares de prensa, y tratar de desviar la atención de la opinión pública nacional de problemas urgentes como la crisis económica actual que podría agravarse con la caída de precios del petróleo que estamos experimentando. Ya Rusia y China se ocupan perfectamente de bloquear con su veto iniciativas de EEUU; de manera, que una posición confrontativa está de sobra y no aporta estratégicamente nada relevante.

En cuarto lugar, necesario subrayar que el gobierno debe, por coherencia, acatar todas las recomendaciones que los distintos órganos, programas y grupos técnicos de Naciones Unidas le han dado. Por tanto, nuestra llegada al Consejo de Seguridad es también una oportunidad para reactivar el diálogo, y propiciar el encuentro y la reconciliación de todos los venezolanos. No olvidemos que el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, ha hecho llamados a retomar el diálogo; el Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias del Consejo de DDHH ha llamado a la liberación de Leopoldo López y Daniel Ceballos; y otros órganos han realizado observaciones sobre importantes violaciones a los DDHH en el país.

Finalmente, resulta fundamental para poder desarrollar esta posición de Estado, pragmática, equilibrada, conciliadora y constructiva, designar un diplomático con formación y experiencia. Respecto a esto sería totalmente inadecuado darle esa responsabilidad a María Gabriela Chávez –como ha trascendido-, quien no tiene la preparación necesaria para interactuar en forma efectiva con otros embajadores como los de Rusia y China, Vitali Churkin y Wang Min respectivamente –ambos internacionalistas y diplomáticos de carrera-, o la citada Samantha Power. El Presidente Maduro bien haría en considerar asignar esta responsabilidad a un embajador experimentado como Alfredo Toro Hardy –quien actualmente se encuentra en un destino poco relevante como Singapur.

@kenopina

jueves, 3 de julio de 2014

Revisitando 1914



Dr. Kenneth Ramírez
El pasado 28 de junio, se cumplió un siglo del asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo –heredero del Imperio Austrohúngaro- en Sarajevo, lo cual desembocó en el estallido de la I Guerra Mundial. Cuatro imperios quedaron liquidados y el Imperio Británico quedó debilitado, dos potencias emergían por el Este y por el Oeste de una Europa destruida, alrededor de veinte millones de muertos, hambruna, auge de los extremismos, y como si fuera poco, una Paz de Versalles –tan utópica como miope- que condujo a la siguiente guerra aún más destructiva.
La larga sombra de la “Gran Guerra” se extiende hasta nuestros días para plantearnos algunos paralelismos inquietantes. Hoy, como entonces, las comunicaciones, el comercio y las nuevas tecnologías –el teléfono, el tren, el barco de vapor y la lámpara incandescente, entre otros- vivían una Edad de Oro –incluso llamada por algunos “primera globalización”. Sin embargo, nada de ello impidió el inicio de una gran conflagración como nunca antes había visto el Mundo, donde incluso se utilizaron por primera vez armas químicas.
Si en 1914 teníamos a Gran Bretaña como potencia hegemónica en declive relativo frente a Alemania como potencia emergente, hoy tenemos una historia similar con EEUU y China. De hecho, el “Pivote al Pacífico” de la Administración Obama en 2014, recuerda al “Compromiso Continental” de Gran Bretaña en 1914 –ambos orientados a crear un sistema de alianzas para fortalecer el statu quo-; así como el “Sueño Chino” de Xi Jinping en 2014, recuerda a la “Weltpolitik” del Káiser Guillermo II en 1914 -ambos obsesionados con la paridad estratégica con la potencia hegemónica.
La remembranza de 1914 se acentúa en Asia Oriental con la rivalidad entre China y Japón -que recuerdan al Imperio Alemán y Francia respectivamente, este último además, aliado del hegemón y una potencia regional declinante-; con las disputas territoriales; con el regreso del nacionalismo de la mano de Xi Jinping en China, Shinzo Abe en Japón y Narendra Modi en India; la competencia económica; las carreras armamentistas y la proliferación nuclear; la división de la Península Coreana; una obsesión con el prestigio; y la casi inexistencia de mecanismos de cooperación para resolver conflictos. La desconfianza y la política de poder están a la orden del día en la Asia de 2014, como lo estuvieron en la Europa de 1914.
Abriendo aún más el lente, se encuentra el Medio Oriente -los “Balcanes Globales”-, de los cuales depende cada vez más energéticamente Asia Oriental en general, y China en particular. El mapa de Medio Oriente fue redibujado después de la I Guerra Mundial siguiendo el Tratado Sykes-Picot de 1916, mediante el cual fue liquidado el Imperio Otomano, mientras Francia y Gran Bretaña como potencias coloniales se encargaban de gestionar conflictos y mantener las fronteras trazadas, que posteriormente constituyeron los actuales Estados. Asimismo, la Declaración Balfour de 1917, puso en marcha el proceso de creación de Israel en Palestina, dando origen a un conflicto que aún sigue abierto.
Después de la crisis de Suez en 1956, EEUU asumió el rol hegemónico en la región. Empero, hoy por hoy, un EEUU agotado y dubitativo tras las guerras de Irak y Afganistán, ha hecho que el “Orden de Sykes-Picot” luzca insostenible. El vacío de poder ha sido ocupado por potencias regionales como Irán, Arabia Saudita y Turquía, grupos terroristas y movimientos islámicos. De hecho, durante la reciente invasión del grupo terrorista Estado Islámico de Irak y Levante –ISIS, por sus siglas en inglés- a Irak desde Siria, los yihadistas han colocado como etiqueta en Twitter “fin de Sykes-Picot” (#SykesPicotOver), cuestionando las fronteras existentes –más específicamente, la existencia de Siria, Irak, Jordania, Líbano e Israel- con su proyecto de construcción de un Califato Islámico en el Mediterráneo Oriental. En todo caso, las alianzas de estos diversos actores regionales con potencias globales, señalan los riesgos de escalada global de un conflicto local, tal como sucedió en 1914 con los Balcanes.
Mucho hemos progresado desde 1914, y la existencia de armas nucleares como elemento destructivo y disuasivo a la vez, invita a pensar que los altos costos de una guerra a gran escala la hacen absolutamente irracional. Sin embargo, siempre resulta necesario revisitar las lecciones del pasado para construir un Mundo más seguro. No olvidemos que meses antes del estallido de la I Guerra Mundial, los principales actores políticos involucrados consideraban el desastre inminente como “imposible”; y la opinión pública europea en la “Era Eduardiana” creía que la guerra era una “reliquia del pasado”, ya que el último conflicto a gran escala en Europa había sido zanjado en el campo de batalla de Waterloo y los salones diplomáticos de Viena en 1815. Como ejemplo de ello, el escritor y político británico, Sir Norman Angell, publicó La Gran Ilusión en 1910, donde señalaba que una guerra entre Gran Bretaña y Alemania resultaba “impensable” e “irracional”, debido a su gran “interdependencia económica”. Esto nos lleva a concluir, que los mayores peligros pueden estar en el pensamiento utópico, en la complacencia de la opinión pública y la falta de un liderazgo político responsable.
Las Relaciones Internacionales como disciplina científica nació producto de los horrores de la I Guerra Mundial, que políticos, diplomáticos y académicos buscaban que no volvieran a repetirse; de manera que, los Internacionalistas como sus cultores, debemos invitar a reflexionar un día como hoy sobre los ecos de 1914 y los riesgos de repetir errores que nos lleven a un nuevo infierno.
@kenopina

jueves, 12 de diciembre de 2013

Posconflicto y "refundación" del Estado en Colombia



Dr. Gustavo Palomares Lerma

La aplicación de los acuerdos de paz en un escenario de posconflicto en Colombia debe suponer una verdadera refundación del Estado y, por ende, de algunas de sus políticas públicas estratégicas para que este paso histórico cumpla el papel transformador en la sociedad colombiana que impida un “cierre en falso” del proceso de superación histórico de la violencia.
 
El éxito o fracaso en estas políticas transformadoras del Estado dependerá, en buena medida, de la capacidad para fortalecer la estructura territorial en una dinámica decidida descentralizadora y federalizante. La exigencia histórica de un nuevo “pacto” regional —mejor, federal—, acorde a la diversidad geográfica, con una nueva estructura administrativa moderna diversificada que instale capacidades humanas y materiales en las regiones. En resumen, construir Estado presente y activo en el territorio.
 
En Colombia, las políticas públicas se han desenvuelto en una especie de “esquizofrenia” entre el marco jurídico constitucional descentralizador y la práctica gubernamental del día a día, centralista y centralizadora. Sin embargo, las principales dinámicas presentes y futuras que afectan a las políticas públicas esenciales del Estado colombiano en ámbitos estratégicos de los acuerdos de paz y en la gestión del posconflicto, pero sobre todo en el desarrollo y la protección de los derechos fundamentales de la población —especialmente la más vulnerable—, pasan principalmente por la periferia territorial y no por el centro bogotano.
 
Se abre camino en este escenario futurible deseable, la posición de aquellos que defendemos un “Estado inteligente”, en donde la inteligencia radica en poner la ecuación social y la realidad descentralizadora como centros definidores de sus políticas públicas. La resolución de esta ecuación arroja siempre el mismo resultado: una sociedad más justa, igualitaria y avanzada.
 
Sin embargo, para que el Estado pueda realizar ese papel de motor transformador en Colombia en una realidad diaria en paz, es esencial introducir cambios profundos en su cultura democrática. La democracia no es sólo la única forma compatible con la libertad y la justicia; también es la única forma de participación política que basa su esencia en la igualdad y en la equidad. Estos dos principios no sólo son la esencia y el valor de la democracia —como decía Kelsen—, sino que son la base de una verdadera cultura de y para la paz.
 
La consecuencia inmediata de la aplicación de los acuerdos de paz tiene que ser la voluntad decidida para construir ese Estado transformador. Esta nueva forma “inteligente” de entender la realidad estatal y las políticas públicas, en una realidad desigual como la colombiana, es lo contrario de un “Estado bruto”, ese “Estado mínimo” que sólo llega a ser “suficiente” para unos pocos, ausente en gran parte de su estructura territorial, de acciones puntuales y sobre una base asistencial. El Estado que necesitamos para este nuevo tiempo, por el contrario, es aquel que se identifica por tener verdaderas políticas de Estado —no de partidos— en educación, salud, nutrición, cultura; orientado hacia la superación de las gruesas inequidades, capaz de impulsar la concertación entre lo económico y lo social; un gran promotor de la sociedad civil. El Estado de concertación que necesitamos para este escenario de recuperación de valores se opone a ese otro que conocemos bien después de sufrirlo tanto tiempo: el que planifica íntegramente de forma hermética las políticas públicas con una escasa participación de los territorios y ninguna de la ciudadanía.
 
En esta nueva fase histórica necesitamos superar la guerra para poder ocuparnos de los conflictos lógicos en cualquier sociedad democrática; para ello debemos partir de una perspectiva que considere la realidad estatal como un todo complejo en donde la visión descentralizada, a la hora de asegurar la presencia, el buen gobierno y efectividad del Estado colombiano, es una de las piezas fundamentales para el desarrollo y para hacer posible una sociedad colombiana en paz, más justa e igual, para nosotros y para nuestro hijos.
 
En conclusión, la necesaria reforma y “refundación” del Estado colombiano no puede plantearse como hacía el príncipe de Salina en la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, cuando decía “… cambiémoslo todo para que todo siga igual”.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Escenarios de pos-conflicto: errores y recomendaciones

 
Dr. Gustavo Palomares Lerma
 
Las distintas experiencias internacionales en gestión del posconflicto, siendo todas radicalmente diferentes y no comparables —ni tan siquiera como hipótesis— parten de una evidencia que se convierte en axioma: lo fácil es firmar, lo difícil es cumplir.
 
Las dificultades para ejecutar y llevar a cabo los acuerdos en el nuevo escenario propicio de paz no sólo se encuentran en la acomodación de éstos a una realidad diversa, desigual y descentralizada, como es la colombiana, sino también en no cometer errores que provoquen “cierres en falso” que abran espacios a la frustración, al sentimiento de engaño, a la falta de justicia o a la insuficiente reparación.
 
Si revisamos situaciones tan dispares como pueden ser la española, derivada de una guerra civil —sin ser extensible a otra realidad española como la del conflicto vasco—, la de los enfrentamientos sangrientos en Centroamérica, por no hablar de las luchas tribales en el centro de África, los procesos de transición y consolidación democrática en el cono sur latinoamericano o, incluso, la nueva realidad interracial sudafricana; todos estos casos demuestran que, para que no exista vuelta atrás en estos procesos, es fundamental conocer la verdad; no “enterrar” la memoria histórica y resarcir económica y, sobre todo, moralmente a las verdaderas víctimas inocentes. La reconciliación no es posible si las víctimas sienten que existe impunidad.
 
Leyes de víctimas cortas y planes de reinserción mal orientados —origen de bacrim y maras— como ocurrió en Centroamérica; leyes de perdón y “punto final” que suponían claros ejercicios de impunidad —incluso con delitos graves de lesa humanidad— como ocurrió en el cono sur; o incluso, leyes de memoria histórica y de reparación insuficientes, o también amnistías y grandes silencios, como ocurre respectivamente en España y Chile, provocan que estos procesos superadores de la violencia se encuentren condenados a repetirla en sus distintos tipos y formas, reabriendo cada cierto tiempo esas heridas no cerradas.
 
Un error repetido y grave en estos escenarios posteriores a situaciones conflictivas en proceso de transición es la falta de un proceso de legitimación de “abajo arriba” que suponga una apropiación del mismo por parte de la ciudadanía implicada. Es el caso de acuerdos de paz firmados en la mesa de negociación, incluso con proceso constituyente en marcha, con gran despliegue mediático y gran cobertura internacional, que son rechazados electoralmente —como ocurrió en Guatemala— o que no logran una aceptación homogénea dentro de cada una de las filas de los contendientes y que provocan brotes de recrudecimiento de la violencia en escenarios de posconflicto, como ocurrió en el caso de Irlanda del Norte. Es imprescindible crear condiciones sociológicas, simbólicas e, incluso, míticas, capaces de propiciar un imaginario colectivo superador de la violencia, como ocurrió en Sudáfrica. Mandela y su Invictus es un ejemplo de refundación personal y nacional.
 
La pedagogía de la paz es un ejercicio imprescindible para preparar al tejido social en una dura labor de comprensión, aceptación y abandono de la violencia como un elemento de normalidad social. Este ejercicio debe partir de un reconocimiento responsable de los errores cometidos durante el conflicto para desde ahí, plantear nuevos compromisos éticos e, incluso, morales de protagonismo en la paz. Nuevos “pactos” individuales y colectivos transformadores de la violencia y, sobre todo, de las causas que la provocan. En conclusión, crear un nuevo escenario, de verdad; no cambiarlo todo —también la Constitución— para que todo siga igual.