lunes, 3 de junio de 2013

¿Colombia hacia la OTAN? Santos sigue los pasos de Menem


Alejandro Gamez

En un discurso pronunciado en la ceremonia de ascenso de cadetes del Ejército colombiano el Presidente Juan Manuel Santos declaró su intención de ingresar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el primer escalón para lograr este objetivo sería suscribir un acuerdo de cooperación; en palabras del Presidente Santos:  “Este mes de junio, la OTAN va a suscribir un acuerdo con el gobierno colombiano, con el Ministerio de Defensa, para iniciar todo un proceso de acercamiento, de cooperación, con miras también a ingresar a esa organización”.

Colombia en estos momentos se encuentra negociando en La Habana un proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), proceso que ya tiene un primer acuerdo en materia agrícola -acuerdo importante para un país de corte agropecuario-. De llegar a concretarse una salida negociada al conflicto que vive el Estado andino no tendría razón de tener un presupuesto más alto para el sector defensa que para 2013 asciende a 25,56 billones de pesos, cifra superior en tres billones con respecto a 2012 (cifras del Ministerio de Hacienda). Ahora bien, ¿porque el deseo colombiano de ingresar a un organismo que no está en su esfera geográfica? ¿Qué implicaciones tiene para Venezuela que su vecino occidental busque ingresar a la OTAN?

En primer lugar, debemos decir que la acción colombiana recuerda los pasos seguidos por el Ex-Presidente argentino Carlos Menem, quien en diciembre de 1996 le propuso al entonces Presidente Clinton establecer una alianza militar entre ambos países en el marco de la OTAN. La respuesta se demoró casi un año, pero cuando Clinton visitó a la Argentina, en octubre de 1997, anunció el envío de la solicitud del reconocimiento del status de la Argentina como “Gran Aliado Extra-OTAN” (Major Non-NATO Ally) al Congreso estadounidense. Un mes más tarde, la misma fue aprobada. Esto era una suerte de premio de consuelo a la política de alineamiento seguida por Buenos Aires durante los mandatos menemistas, ya que la categoría había sido creada por el Congreso para aglutinar a otros importantes aliados como Israel, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Sin embargo, Menem pensaba que esto era un primer paso para su integración en la alianza y envió a su Canciller Di Tella en julio de 1999 al Consejo Atlántico –órgano decisorio de la OTAN- a solicitar un status de “miembro asociado” para Argentina. El 26 de julio de 1999 el entonces Secretario General de la OTAN, Javier Solana, fundamentó la negativa a la solicitud argentina fundamentándola en las exigencias geográficas de la OTAN que prohíbe aceptar como miembros plenos a países ubicados “fuera del Hemisferio Norte”. Bajo este paraguas fueron desplegadas tropas argentinas en Bosnia y Kosovo. Hoy por hoy, tras una década de kirchnerismo, aunque sigue en pie formalmente este status, Argentina se ha distanciado considerablemente de EEUU y ha pasado a denunciar una supuesta base de la OTAN en las islas Malvinas.

A pocas horas del discurso emitido por el Presidente Santos, voceros de la OTAN han aclarado que efectivamente se encuentran interesados en una mayor cooperación con Bogotá, pero que el país no cumple con los requisitos para incorporarse en la alianza atlántica.

En consecuencia, la tentativa de Colombia sólo implica un acuerdo de cooperación con la OTAN - no así su ingreso a la alianza- y su eventual transformación en un “Gran Aliado Extra-OTAN” de EEUU –en lo cual ya se ha convertido de facto tras el Plan Colombia. Todo esto se traduciría concretamente en una promesa de mayor modernización de sus fuerzas armadas -lo cual presiona a los grupos insurgentes hacia la búsqueda de la finalización del conflicto armado-, y en una mayor garantía contra posibles ataques de terceros Estados, ya que tendría un eventual apoyo de EEUU y sus aliados. A cambio, las bases militares estadounidenses en suelo colombiano gozarían de un nuevo paraguas estratégico y podríamos ver tropas colombianas participando en labores de apoyo en misiones internacionales de la OTAN en el futuro –de alcanzarse un acuerdo de paz.

Además, debido a la posición geopolítica de Colombia con costas en el Océano Pacífico y El Caribe, con el acuerdo de cooperación Colombia-OTAN se estaría vigilando de “lejos” a China. En este sentido, este acuerdo formaría parte de un esquema de seguridad complementario del “pivote al Pacífico” de EEUU –en cuyo marco se están relanzando las alianzas militares con países asiáticos.

Otra razón de la iniciativa colombiana es que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) es obsoleto y no representa ninguna garantía para la defensa ante posibles agresiones. Por ello, Bogotá busca esas garantías en otras organizaciones. Además, de ser alcanzada la paz quedarán muchos efectivos y tropas inactivos en sus cuarteles lo que podría constituir una amenaza a la democracia colombiana si las fuerzas armadas decidieran presionar al poder civil por cuotas de poder. Con el acuerdo con la OTAN los políticos colombianos pueden mantener estas tropas ocupadas encomendándole misiones en el exterior en colaboración con la alianza atlántica -como mencionamos anteriormente.

Con respecto a las implicaciones para Venezuela de este acuerdo Colombia-OTAN, recordemos que Caracas mantiene un diferendo con Bogotá con respecto a la delimitación en el Golfo de Venezuela y que ambos gobiernos han mantenido relaciones bilaterales difíciles en la última década –como muestra el último capítulo de tensión abierto tras la visita de Henrique Capriles Radonsky a Bogotá.

El Presidente Maduro, en conjunto con otros Presidentes de la ALBA, ya ha rechazado la iniciativa colombiana y la ha calificado de “agresión a la unidad latinoamericana”.

Más allá de la retórica, nuestro país debe seguir modernizando las FANB, así como mejorar aspectos críticos en materia de profesionalización y operacionalidad, evitando así un desequilibrio militar frente a Colombia. Además, parece plausible que Venezuela impulse la convocatoria de una reunión extraordinaria del Consejo de Defensa Suramericano de la UNASUR, para analizar junto a Colombia los propósitos, los alcances y los detalles de su acuerdo de cooperación con la OTAN. Resultará interesante escuchar la posición brasileña al respecto. Recordemos que Brasil –gobernado por Fernando Henrique Cardoso- rechazó en su tiempo la estrategia de Menem de llevar a Argentina a la OTAN, y el Ex-Presidente Lula da Silva criticó el deseo del Ex-Presidente Uribe de ampliar el número de bases militares estadounidenses en Colombia.

Claramente el posible acuerdo de Colombia con la OTAN constituye un reto que debemos afrontar con una clara política de Estado, que debe combinar el fortalecimiento de nuestras fuerzas armadas, y el diálogo bilateral y regional con nuestro vecino occidental.

Las próximas elecciones presidenciales en Irán



M.Sc. Belén González

Para los occidentales no resulta sencillo comprender cómo funcionan algunas cosas en Medio Oriente, especialmente en el ámbito político y religioso, aspectos que en esta cultura están particularmente interconectados a través de su sistema de gobierno: la teocracia. El término proviene del griego theós, que se traduce como Dios, y krátos que viene a ser poder, por lo tanto se concibe como “el gobierno de Dios”, de allí que los líderes religiosos sean determinantes en todas las políticas gubernamentales. Sin embargo, algunos expertos como Max Weber, prefieren usar términos como "hierocracia", o “eclesiocracia” para referirse al orden político en donde el poder es ejercido institucionalmente por una casta religiosa.
 
Hablando de este tipo de gobierno, Irán es quizás uno de los mejores ejemplos, pues tras la Revolución Islámica de 1979, se estableció en el país una nueva República con una constitución de corte islámico y unos órganos gubernamentales supeditados al cumplimiento de los principios religiosos. Este estilo de gobierno está inspirado en el libro del Ayatollah shiíta Rohollah Jomeini Velayat-e faqih publicado en 1970, y considerado el documento escrito en el siglo XX más influyente en el ámbito de la Teocracia.
 
Pero aunque en Irán, el poder es de Dios, hay procesos electorales, aunque con ciertas características que lo hacen por demás peculiares para nosotros los occidentales. El mejor ejemplo en este momento, es la decisión del Consejo de Guardianes de reducir a ocho los candidatos que participarán en las elecciones presidenciales del próximo 14 junio, dejando por fuera a más de un centenar de aspirantes entre quienes destacan el ex-Presidente Alí Akbar Hachemi Rafsanjaní –conservador moderado-, y Esfandiar Rahim Mashaei, protegido del actual Presidente Mahmoud Ahmadinejad, quien desde hace ya algún tiempo viene enfrentando serias diferencias con la jerarquía religiosa del país, que lo acusa de mantenerse cerca de individuos corruptos, de no respetar las normas del Islam y de occidentalizar su forma de vivir.
 
El Consejo de Guardianes, órgano investido con la autoridad para interpretar la Constitución y determinar si las leyes aprobadas por el Parlamento están en línea con la Sharia o Ley Islámica, y que examina a los candidatos presidenciales, parlamentarios y a la Asamblea de Expertos, para confirmar que son aptos para postularse, no explicó las razones para esta decisión, limitándose a señalar que lo que se ha tenido en cuenta es “la condición física” de los candidatos, una alusión clara a Rafsanjaní de 78 años. Este detalle no pasa desapercibido, pues para muchos, la ausencia de este veterano político que fue Presidente –Jefe de Gobierno- durante dos períodos entre 1989 y 1997, quien formó parte de los fundadores de la República Islámica y es uno de sus pilares, sólo profundizará las evidentes divisiones en su seno.
 
Ciertamente, estas “salidas no voluntarias” del escenario electoral impiden la participación de aspirantes que resultan, por distintas razones, “incómodos” al Líder Supremo, el Ayatollah Alí Jameneí –Jefe de Estado-, quien maneja el 50% de los miembros del Consejo de Guardianes, y cuenta con el respeto del 50% restante. Ahora bien, esta decisión, que pareciera arbitraria para quienes no manejamos la visión shiíta del Estado, podría convertirse en un arma de doble filo, no sólo por su capacidad para abrir mayores brechas en los principios revolucionarios, sino porque traen consigo visos de modernidad que podrían romper paradigmas, considerando que uno de los rechazados, Esfandiar Rahim Mashaei, anunció su decisión de recurrir a la máxima autoridad del país, un hecho sin precedentes en el Irán revolucionario.
 
Ahora bien, muchos pueden pensar que lo que suceda en Irán, y en su escenario político, sólo les afecta a ellos, y si acaso, a sus vecinos, pero esa posición es displicente con una de las realidades que envuelve al Mundo moderno: la geopolítica. Irán, cuyo nombre oficial es República Islámica de Irán, y que hasta 1935 fue conocido en como Persia, es el decimoctavo país más extenso del Mundo con 1.648.195 km² y tiene una población de casi 80 millones de habitantes. Limita con Pakistán y Afganistán por el este; Turkmenistán por el noreste, el Mar Caspio por el norte y Azerbaiyán y Armenia por el noroeste; Turquía e Irak por el oeste y finalmente con la costa del Golfo Pérsico y el Golfo de Omán por el sur, por lo que su importancia es más que significativa al ser la brecha que une el Medio Oriente con Asia Central. Además, posee las cuartas reservas de petróleo más importante del Mundo (después de Venezuela, Arabia Saudita y Canadá), las segundas reservas de gas natural (después de Rusia), encabeza el llamado "Eje de Resistencia" contra EEUU en Medio Oriente y desarrolla un polémico programa nuclear desde hace una década; lo que le ha convertido en una potencia regional.
 
Esa fuerza, sin embargo, depende de una mano, la que mueve los hilos, el Ayatollah Jameneí, quien es Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, controla las operaciones de inteligencia y seguridad de la República Islámica, tiene la autoridad de declarar la guerra, la capacidad de designar y despedir tanto a los líderes judiciales, como a los jefes de las redes de radio y televisión estatales, y al máximo líder de los Guardianes de la República Islámica, órgano del que también designa seis de sus doce miembros. El título de Líder Supremo del país es otorgado por la Asamblea de Expertos, en función al fiel cumplimiento de las normas del Islam y la estima popular con la que cuente el candidato, siendo su designación de carácter vitalicio.
 
Seyyed Alí Hoseiní Jameneí, considerado hoy en día “fuente de emulación” del shiísmo duodecimano, nació el 17 de julio de 1939 en la ciudad de Mashhad, en el seno de una familia clerical originaria de Tafresh, instalada en Tabriz, siendo el segundo de ocho hermanos, dos de los cuales también son ulemas, es decir, doctores en ley islámica y por ende expertos en cuestiones jurídicas y teológicas. Fue Presidente de Irán entre 1981 y 1989, y es Líder Supremo desde que fuera designado para suceder al Ayatollah Jomeini en dicho cargo en junio de 1989. Está casado y tiene seis hijos, domina el persa y el árabe, además de hablar con menos fluidez el turco azerí, lengua materna de su padre.
 
Se le reconoce como una de las tres figuras que más han marcado la trayectoria de la República Islámica de Irán, siendo las otras dos el propio Jomeini, fundador de la República Islámica, y el Ayatollah Rafsanjaní, a quién ha dejado por fuera del proceso electoral de junio. Aunque se le considera radical, especialmente en cuanto a códigos de conducta y vestimenta por parte de los musulmanes, alienta en sus discursos el progreso científico, de hecho, fue uno de los primeros religiosos islámicos en permitir la investigación con células madre y la clonación terapéutica. Defiende la importancia de la tecnología nuclear de uso pacífico, aunque es autor de un decreto religioso según el cual el Islam prohíbe producir, almacenar o usar armamento nuclear.
 
Como ya sabemos, el Líder Supremo, influencia los procesos electorales iraníes, de hecho, su poder y control de la situación se hizo tangible en las elecciones legislativas de febrero de 2004, cuando siguiendo instrucciones, el Consejo de Guardianes anuló miles de candidaturas, incluidas las de ochenta diputados salientes, lo que permitió a los conservadores quedarse con el 70% de los escaños. Esto generó un punto de inflexión decisivo en la evolución política de Irán, ya que los comicios pusieron punto final al movimiento reformista iniciado por Mohammad Jatamí desde que fuera elegido por mayoría abrumadora en mayo de 1997.
 
Muchos analistas coinciden en que la decisión de Jameneí, de limitar la participación en el proceso electoral del próximo mes de junio es resultado de lo sucedido en 2009, cuando Mahmoud Ahmadinejad fue electo Presidente, en medio de una ola de protestas y represión que estuvo a punto de desestabilizar al régimen teocrático: la llamada “Revolución Verde”. Lo cierto es que, a menos de un mes del proceso para elegir al nuevo Presidente iraní que ejercerá por un periodo de cuatro años, y gobernará junto a ocho vicepresidentes, un gabinete de 21 ministros, y un Parlamento unicameral, conformado por 290 miembros, los candidatos serán el jefe negociador nuclear, Said Yalilí; el Alcalde de Teherán, Mohamed Qalibaf; el ex-Presidente del Parlamento Gholam-Ali Haddad-Adel, el ex-Ministro de Exteriores Ali Akbar Velayati, el ex-jefe de los Pasdarán Mohsen Rezai, y otros tres candidatos de relleno. Todos ellos figuras ortodoxas y de probada lealtad al Ayatollah Jameneí.
 
Tampoco es un secreto que el favorito en la contienda es Said Yalilí, quien a pesar de ser el más joven de los candidatos es muy bien visto por Jameneí, tras su desempeño como Secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y jefe del equipo iraní encargado de las negociaciones nucleares con el Grupo 5+1 (EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania) desde 2007. Yalilí tiene un estilo de suave, pero ha demostrado ser un rígido ideólogo poco inclinado a la negociación, lo cual le ha granjeado el respeto de Jameneí y tres rondas de sanciones internacionales a Irán desde que asumió su cargo. Un dato interesante es que se le atribuye el diseño de la estrategia iraní de acercamiento a América Latina –a partir de Venezuela- y África para romper el aislamiento internacional ocasionado por las sanciones que le han sido impuestas por su programa nuclear, lo cual ha marcado la política exterior de Irán durante los dos mandatos de Ahmadinejad.
 
En favoritismo, a Said Yalilí le sigue Mohamed Qalibaf, ex-jefe de los Pasdarán y antiguo jefe policial quien presenta nuevamente su nombre, desde la Alcaldía de Teherán, compensación que se le otorgó tras perder el pasado proceso electoral; pero no es muy popular por su actuación en la represión de las protestas contra Jatamí de 1999 y 2003. La tercera opción la tiene Alí Akbar Velayati, considerado uno de los confidentes del Líder Supremo y su Asesor en Asuntos Internacionales. El resto de los candidatos no parecieran tener ninguna oportunidad.
 
Los hechos confirman que esta elección presidencial, para la que faltan apenas unos días, será la más controlada por la cúpula del poder desde la consolidación del régimen jomeinista en 1980.

viernes, 31 de mayo de 2013

La Alianza del Pacífico y la reedición del Tratado de Tordesillas


 
Victor Hugo Matos

El Tratado de Tordesillas fue un acuerdo firmado entre España y Portugal en 1494  que en parte planteaba la división de la América colonial en 2 partes, una española y otra portuguesa, las cuales desde entonces estarían separadas por una barrera cultural que impediría un acercamiento efectivo entre los habitantes de ambas zonas hasta la segunda etapa del siglo XIX.
 
En la actualidad, el proceso de integración regional en América Latina parece haber generado una réplica de la división que se generó el citado tratado, ya que ahora América Latina se encuentra dividida en dos partes nuevamente: los miembros del MERCOSUR bajo la égida de Brasil y los Estados que forman parte de la Alianza del Pacífico; cada una  con  sus propias dinámicas de  cooperación e integración, sus propios valores y modelos institucionales.
 
Respecto a la Alianza del Pacífico, que ya va por su séptima cumbre presidencial,  se trata de un mecanismo de liberalización comercial que surge  entre un conjunto de países con costa en el Océano Pacífico con afinidades políticas y con un peso importante en la economía latinoamericana, capaz de rivalizar en fuerza económica con Brasil y el MERCOSUR. Esto se vislumbra a partir de la forma en que se han comportado económicamente ambas organizaciones durante el último año, en el cual la Alianza del Pacífico consiguió un crecimiento combinado del 5%, que contrasta con el 2,9% que alcanzó MERCOSUR; esto sin contar que existe un mayor comercio intra-bloque en la Alianza del Pacífico.
 
No obstante, la competencia entre los dos bloques no se limita simplemente a los indicadores macroeconómicos, sino que se da también en una suerte de competencia por expandir la zona de influencia propia, las cuales a la larga pueden buscar integrar a otros actores regionales, que en este momento, o sienten la sensación de estar en orfandad por el declive de organizaciones como los miembros de la CAN (caso de Bolivia y Ecuador), o, están decepcionados por el comportamiento de los actores a lo interno de su propio mecanismo de integración, donde encontramos los casos de Paraguay y Uruguay en MERCOSUR.
 
Uruguay ha esbozado desde hace algunos años una posición crítica en el MERCOSUR –debido al desequilibrio existente entre los actores pequeños respecto a Argentina y Brasil, así como el estancamiento del mecanismo debido al proteccionismo-, y tiene actualmente una participación cada vez más activa como observador en la Alianza del Pacífico. De hecho, el Vicepresidente Astori expresó en la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico celebrada recientemente en Cali (Colombia), el deseo de Montevideo de convertirse en miembro pleno del nuevo mecanismo.
 
Frente a esto, el Alto Representante del  MERCOSUR, Ivan Ramalho, respondió que cualquier entrada de un Estado miembro a otro acuerdo de integración debe darse en bloque y no de forma separada, evidenciando así cierta preocupación de que alguno de los actuales miembros del MERCOSUR decida unirse a la Alianza del Pacífico. Además, señaló que cualquier oportunidad de relacionamiento con los países de Asia puede buscarse en conjunto, subrayando como ejemplo el Diálogo MERCOSUR-CER (Australia y Nueva Zelanda) para promover el comercio bilateral, las inversiones y la convergencia de posiciones en materia de negociones comerciales multilaterales.
 
Asimismo, la diplomacia brasileña se esforzó para bloquear los intentos de Paraguay de convertirse en miembro observador de la Alianza del Pacífico, invocando el párrafo cinco de la Decisión 26/2012 de los Jefes de Estado de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), que obliga a “Promover la suspensión de la República del Paraguay en los foros y mecanismos de diálogo y concertación” originada tras la destitución de Fernando Lugo. Asimismo, fue postergada la próxima Cumbre de MERCOSUR –que estaba prevista celebrase en Montevideo el próximo 28 de junio- hasta la toma de posesión el 15 de agosto del nuevo Presidente paraguayo, Horacio Cartes, para propiciar en este período el levantamiento de la suspensión de Paraguay en MERCOSUR/UNASUR y su aceptación del ingreso de Venezuela como hecho consumado, conjurando así cualquier intento de reacomodo de Asunción en el tablero de la integración regional.
 
La pregunta que queda sin respuesta, es la siguiente: ¿Se mantendrán ambos esquemas de integración dentro de sus zonas de influencia comercial y política, o decidirán expandirse más allá de los límites que ha establecido el acuerdo tácito entre ambos bloques en una suerte de reedición del Tratado de Tordesillas?

miércoles, 22 de mayo de 2013

¿Volverá Bachelet?


M.Sc. Belén González

El próximo 30 de junio, la oposición chilena decidirá quien será su candidato para las presidenciales del 17 de noviembre, muchos podrían decir que se trata de una elección más, de un nuevo pulso del poder interno en el seno de los partidos, pero el escenario se ha modificado por un detalle pequeño, pero significativo: la participación de la interesante, polémica y respetada, ex presidenta Michele Bachelet, quien participa en estas primarias como abanderada del Partido Socialista y del Partido por la Democracia. Si logra convertirse en la candidata de la Concertación estaría, según todas las encuestas, dando el primer paso en su regreso a La Moneda.
 
La sencilla Michelle Bachelet se convirtió tras su paso por la presidencia, en una referencia constante en su país, y fuera de el, no en vano, y a pesar de que como todo líder siempre se ha movido en un campo minado de seguidores y adversarios, logró con su gestión índices de popularidad históricos, al que no le llegan ni de cerca ningún otro Jefe de Estado en Chile. Hablamos del muy respetable porcentaje de 84,1% de aprobación, por eso no extraña que casi desde el momento mismo de su salida del poder, cuando entregó la presidencia al derechista Sebastian Piñera, en pleno terremoto, su figura se convirtiera en la principal referencia al hablar del gobierno que asumiría el 2014.
 
Verónica Michelle Bachelet Jeria, nació en Santiago de Chile el 29 de septiembre de 1951, hija de la arqueóloga Ángela Jeria y de Alberto Bachelet, Brigadier General de la Fuerza Aérea y miembro del gobierno de la Unidad Popular liderado por Salvador Allende, quien tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, fue detenido por la dictadura y falleció en prisión. Estudió medicina en la Universidad de Chile, donde, a pesar de los tropiezos propios del exilio, obtuvo el título de médico pediatra, especializada en epidemiología. En su época de estudiante ingresó a las filas del Partido Socialista, y le tocó vivir en la clandestinidad, ser detenida por los esbirros de la dictadura y salir huyendo del país. Vivió en Estados Unidos, Australia y Alemania, lo que le permitió dominar dos idiomas: ingles y alemán. Tiene tres hijos y dos divorcios, y se define como una profesional de clase media adicta al trabajo.
 
Tras su regreso a Chile, desarrolló una carrera política de bajo perfil, en el marco del reciente cambio político que se instaló con la victoria de Patricio Aylwin en las elecciones presidencial de 1989, época en la que la Concertación de Partidos por la Democracia asumió el mando para dar inicio al período de la transición a la democracia. Su primer cargo relevante en las filas gubernamentales fue el de ministra de Salud durante el gobierno de Ricardo Lagos Escobar en el año 2000. Su gestión la llevó, en el 2002, a la jefatura de la cartera de Defensa, siendo la primera mujer del país y de Iberoamérica en ocupar ese puesto; pero además, la primera socialista en asumir ese ministerio en 29 años, desde que Orlando Letelier fuera depuesto tras el golpe de Estado. Paradójicamente se convirtió también en la primera ministra de la Defensa torturada por órdenes de las mismas Fuerzas Armadas que ahora estaban a su cargo.
 
A pesar de ser mujer en un mundo de hombres, Bachelet no enfrentó problemas con las jerarquías de las Fuerzas Armadas, por el contrario, muchos analistas coinciden en que este cargo y su buen manejo del ámbito militar le abrieron las puertas para ser designada candidata presidencial de la Concertación de Partidos por la Democracia para las elecciones presidenciales de 2005, comicios que ganó cómodamente.
 
El 11 de marzo de 2006, se convirtió en la primera mujer en la historia del país en ocupar el máximo cargo gubernamental, y en la cuarta Jefe de Estado de la Concertación de Partidos por la Democracia. A pesar de que su gobierno comenzó con muy buen pie, su popularidad se vio afectada por sucesos como la Revolución Pingüina, la crisis del Transantiago y otros conflictos dentro de la coalición de gobierno. Pero además, su mandato debió enfrentar la crisis económica mundial de 2008, un escenario difícil, especialmente para una administración con un marcado sello social, sin embargo sorteó las circunstancias y las cosas se inclinaron a su favor, pues los chilenos aprobaron su desempeño y su gestión.
 
Durante su gobierno, Bachelet tomó medidas importantes, la primera, la gratuidad inmediata en el sistema de salud para los mayores de 60 años, la entrega de bonos de invierno a las familias más pobres del país, la reforma de la salud chilena, la construcción de nuevos hospitales, y la creación de los Ministerios de Seguridad Ciudadana y Medio Ambiente. Educación fue un tema relegado y un punto de roce como lo demostraron la serie de protestas estudiantiles que exigían unas reformas que nunca llegaron, y por las que aún luchan los jóvenes chilenos.
 
La mandataria, la política, la mujer, no se cansa de romper paradigmas, en 2002, durante las graves inundaciones que azotaron diversas comunas del Gran Santiago, se montó en un tanque para dirigir a las tropas en las actividades de asistencia a los afectados; en un concierto de Joan Manuel Serrat, su entrada fue más vitoreada que la del propio cantante. En 2003, las encuestas la convertían en la funcionaria mejor evaluada del gobierno y en 2004 ya era una de las favoritas para la elección presidencial siguiente. Durante su gestión fue la primera presidenta pro tempore de UNASUR, se le consideró, una de las mujeres más poderosas del mundo, la decimoquinta líder más influyente y uno de los 100 pensadores globales más destacados del mundo. No en vano, tras su mandato, asumió como Secretaria General adjunta de las Naciones Unidas con el fin de dirigir la recién creada agencia ONU Mujer, alcanzando así el rango más alto dentro de la jerarquía administrativa del organismo mundial después del Secretario General.
 
Pero volviendo al ahora, y a la polémica de su reaparición en el escenario político chileno, es importante señalar que regresó a Chile el pasado 27 de marzo, tras 30 meses en Nueva York dejando con honores la Dirección Ejecutiva de ONU Mujeres. Al día siguiente, anunció su candidatura a las internas, prometiendo grandes reformas para combatir la desigualdad, de allí que la gran incógnita alrededor de su figura en este momento sea el nivel de profundidad de esos cambios que pretende impulsar si llega de nuevo a La Moneda.
 
Hay quienes aseguran que su plan es realizar cambios de fondo que sorprenderán incluso al establishment de la Concertación, y que incluyen Reforma constitucional, gratuidad de la enseñanza, cambios radicales en materia tributaria. Ahora bien, las dos grandes preguntas en el ambiente son: ¿Los Chilenos apoyaran nuevamente la Concertación a pesar de las desilusiones? ¿Tendrá Bachelet la fuerza y el respaldo político necesario para materializar los cambios sociales en los que está pensando?
 
Responder a ambos cuestionamientos a estas alturas es hacer simples especulaciones sobre una realidad compleja, ella parece estar clara al respecto, pues insiste en sus discursos de campaña en que el nuevo ciclo político, económico y social que vive Chile requiere de una nueva amplia mayoría que incluya a los partidos políticos, los ciudadanos y a todas las fuerzas sociales, con sus virtudes y defectos.
 
Bachelet disputará frente a otros tres aspirantes, el ex alcalde demócrata cristiano Claudio Orrego, el senador radical José Antonio Gómez y el independiente Andrés Velasco, la candidatura única a las presidenciales por la opositora Concertación, coalición de centroizquierda que gobernó Chile entre 1990 y 2010. En el bando oficialista, los candidatos a las internas son Laurence Golborne, ex ministro de Obras Públicas por la Unión Demócrata Independiente, y Andrés Allamand, ex titular de Defensa del actual gobierno y candidato de Renovación Nacional, puesto que el actual mandatario, Sebastián Piñera, no puede presentarse a la reelección.
 
Lo que pasará el próximo 30 de junio podría ser un paso más en la exitosa carrera de las féminas en el sector público en Latinoamérica, pues si Michelle Bachelet obtiene la candidatura de la Concertación, lo que para muchos sería el principal indicador de que el camino a la presidencia se le abre de par en par, se confirmaría, una vez más, la existencia del “girl power” que, al menos en política, se instaló en 1990 con el triunfo electoral de Violeta Chamorro en las presidenciales de Nicaragua. Hoy en día el hecho de que las mujeres alcancen posiciones de poder es un acontecimiento poco menos que ordinario, no en vano el 40% de la población de América del Sur está gobernado por féminas con Dilma Rousseff en Brasil, Cristina Fernández en Argentina y Laura Chinchilla en Costa Rica.
 
El regreso de Michelle Bachelet, la defensora de los derechos de la mujer en el globo, al escenario político en Chile, representa para algunos una vuelta al pasado y sus vicios, para otros, una vuelta al pasado y sus beneficios. Es cierto que como Jefa de Estado, y ser humano, tuvo aciertos y desaciertos, pero no debemos menospreciar el hecho de que tres años después, regresa con mayores experticias gerenciales y nuevas experiencias vivenciales que dan a sus ideas cimientos más fuertes. Resta esperar que se den los acontecimientos. Tras las primarias, tendremos más tela que cortar y más bases para inferir sobre el futuro de Chile, que busca en la ex presidenta el centro que equilibre las desilusiones que han dejado la derecha y la izquierda en el poder. Amanecerá y veremos.

jueves, 16 de mayo de 2013

Conflicto en Siria: más que dos facciones



Oswaldo Uria

Un conflicto de múltiples facciones

El reciente video en el cual aparece un líder rebelde de la ciudad siria de Homs mutilando el cadáver de un soldado sirio viene a confirmar que la violencia en el antiguo Califato de Damasco- que ha albergado y alberga a cristianos, ortodoxos, musulmanes, tanto sunitas, drusos, alawitas como shiítas-, proviene de todas las facciones tanto oficial como rebeldes, siendo la población civil otra facción que en defensa propia ha tenido que involucrarse en la violencia para defenderse de cualquier amenaza.

Lo que se creyó iba a ser una crisis política de meses como en todos los países inmersos en la Primavera Árabe, se ha convertido en una prolongada pesadilla que cobra casi cien mil muertes. Se ha desatado un conflicto complejo, en cuyo inicio los disidentes del cuasi monárquico régimen de Bashar al-Assad, confiaron en que los sucesos se iban a desarrollar al igual que en Libia, con relativa rapidez y de manera drástica, con una intervención internacional contundente. Sin embargo, no previeron que Siria es un país totalmente diferente tanto al interior, con una mayor población y más heterogénea, como en su contexto exterior, con una realidad peligrosa que la circunda (Líbano, Israel, Palestina, los pueblos kurdos, Irak) y con el apoyo de un Irán que busca desarrollar capacidad nuclear.

Estas condiciones específicas ha estirado por más de dos años el conflicto, sin una solución en el horizonte, y cuyo desarrollo ha generado no dos polos antagónicos fácilmente identificables (gobierno y rebeldes), sino que han surgido aparte del gobierno opresor, distintas facciones rebeldes, a saber: el Ejército Libre de Siria (ELS) en sus distintas brigadas -que se ha deslindado de la acción de la brigada de Homs- de corte moderado y financiado por Estados occidentales y árabes; el Frente Sirio de Liberación (FSL) –cuyas brigadas más importantes son Farouq en Homs, Suqur al Sham en Idlib y Al Tawhid en Alepo- de corte islámico moderado y financiado principalmente por Arabia Saudita; el Frente Sirio Islámico (FSI) –cuyo grupo más importante es el Movimiento Islámico Ahrar al Sham- de corte salafista y financiado principalmente por el Estado de Qatar; el Frente Al-Nusra afiliado recientemente a Al-Qaeda; y las Unidades Kurdas de Protección Popular (YPG) vinculadas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) que opera desde Turquía. Por otra parte, no se puede dejar de mencionar, la delincuencia común que se aprovecha de la anomia, los secuestradores libaneses que incursionan desde sus fronteras con Siria, así como la milicia Hezbollah.

En este sentido, ningún grupo o facción controla la situación: apenas controlan áreas y realizan demostraciones puntuales que no ponen en peligro de derrota al enemigo, pero que ha creado un estado de anarquía y paranoia generalizado, en donde nadie confía en su vecino, ni el alawita en su familiar sunita, ni el armenio con su colega iraquí.

Rusia, actor clave

Fuera del teatro de operaciones sirio, la situación también se muestra estática y sin solución global cercana. El Consejo de Seguridad no pudo ejercer una acción alla Libia por solicitud de la Liga Árabe durante el 2012, debido al veto de Rusia y China.

La posición de la Federación Rusa se explica por el hecho de que esa potencia ha sido un proveedor de armamento al gobierno del partido izquierdista nacionalista Baaz desde la época soviética y tiene presencia militar en ese país. Además, Moscú siempre negará apoyos a causas que le pudiera dar un precedente a su conflicto interno con la musulmana Chechenia, sobre todo porque los rebeldes sirios integran a grupos islamistas radicales. No obstante, la posición rusa se ha venido suavizando a favor del fin de la violencia, siendo su reunión con el premier británico, David Cameron, el pasado 9 de mayo de 2013, una señal de que Rusia no es incondicional al gobierno sirio. Destaca en esa reunión la declaración de que el gobierno ruso está por completar el suministro de misiles a Siria según los contratos actuales, con lo cual queda la interrogante sobre si firmarán nuevos contratos: los inciertos resultados de la visita de Netanyahu a Moscú podrían ser esbozar las intenciones rusas respecto a la solicitud que le hizo el premier hebreo a Putin de detener la venta de los misiles antiaéreos S-300 a Siria.

También fue sorprendente la aceptación rusa de una segunda ronda de negociaciones en Ginebra como seguimiento de la llevada a cabo en junio de 2012, triunfo diplomático de John Kerry durante una visita a Moscú a principios de este mes.

Esto le daría un mayor impulso a la iniciativa de la anterior Secretaria de Estado Hillary Clinton del Grupo de Amigos de Siria, la cual no ha tenido el éxito esperado, ya que no ha incorporado a todos los sectores de Siria, ni a las potencias que apoyan al gobierno de Bashar al-Assad; esto ha llevado a Moscú, tal como se refleja en las declaraciones del canciller ruso el pasado abril de 2013, a considerarlo como un grupo unilateral, cuyos planteos basados en los puntos del Plan de Ginebra son muy militaristas.

Dejando la parte reactiva, Rusia ha pedido a Irán, como también a Arabia Saudita, a involucrarse más con el proceso de paz en Siria. Irán, por su parte, ha apoyado a Bashar al-Assad, pero sin planes de iniciar una tercera guerra mundial, como algunos apocalípticos analistas pensaron, y se ha limitado repudiar la rebelión como una dirigida por las potencias occidentales y a facilitarle efectivos y suministros.

Perspectivas del conflicto

Como se puede ver, el conflicto de Siria ha desgastado y debilitado al único Estado que daba equilibrio a la zona del Cercano Oriente, dejando a Israel en una posición de supremacía que pudiese adormecer las demandas de una débil Palestina, constreñir las acciones de un Hezbollah que ya no se encuentra cómodo en el campo de batalla sirio, y reducir el peligro de una agresión iraní.

La transición que seguro se planteará en Ginebra II se llevará a cabo si Assad da demostraciones del cese a la represión, pero no lo hará mientras siga habiendo demostraciones de las otras facciones sumergidas en la violencia. Irán y Hezbollah, principales aliados de Assad, harán lo posible para lograr que el líder del Baaz sirio quede fortalecido como triunfador absoluto de esta luenga confrontación.

Una acción militar occidental contundente, podría derrocar al gobierno de Assad, pero no acabaría con el conflicto entre los múltiples grupos étnicos-religiosos, ni con el hampa común ni con la violencia en general; como tampoco lo ha podido hacer EEUU en Afganistán ni en Irak, ni las potencias occidentales en la misma Libia, cuyos nuevos brotes de violencia en Bengasi ha llevado a Gran Bretaña a retirar el personal de su representación diplomática y a recomendar  a sus ciudadanos no viajar a ese país africano. 

Se necesitarán décadas para reconstruir a la nación Siria, y las contradicciones étnicas-religiosas controladas por el férreo régimen de Assad con un Estado policial favorable al nacionalismo secular, permanecerán y podrán desatar los demonios que alguna vez se desataron en Yugoslavia cuando Tito ya no estaba.

Rusia abogará por la unidad, pero Israel y EEUU se sentirán más cómodos con una Siria debilitada o quizás fragmentada en un puñado de repúblicas que estén concentradas en su propio sustento y en atraer las posibles inversiones privadas provenientes de Occidente, de los países del Golfo Pérsico y por qué no, del propio Israel. 

martes, 14 de mayo de 2013

Obama y la piscina vacía siria



Dr. Kenneth Ramírez
La revuelta siria lleva más de dos años, 90 mil muertos, más de 4 millones de desplazados y 1 millón de refugiados. No debe ser fácil para el Presidente Obama lidiar con el imperativo moral de estas cifras y recordar el Premio Nobel de la Paz, en sus instantes a solas en el Despacho Oval. No obstante, entendiendo los intereses nacionales de EEUU, el Presidente Obama desea mantenerse lejos de este “segundo Irak” potencial y pivotar a Asia-Pacífico.
 
A la catástrofe humanitaria siria, se le ha añadido recientemente, tanto la noticia de que Bashar al-Assad podría haber cruzado la “línea roja” de Obama utilizando armas químicas, como los supuestos intentos de hacerle llegar armamento a su aliado libanés Hezbollah para atacar Israel. Todo esto arrastra cada vez más al Presidente Obama hacia el conflicto sirio en contra de sus mejores cálculos.
 
Hoy por hoy, se ha instalado nuevamente en Washington el debate de si EEUU debe imponer una zona exclusión aérea y armar a los rebeldes sirios, incluso sin el aval del Consejo de Seguridad, en una solución “tipo Bosnia”. La facilidad con la cual Israel ha bombardeado en dos oportunidades –la última de ellas el 4 de mayo de 2013- supuestos cargamentos de misiles que iban dirigidos a Hezbollah, ha generado que se esté hablando de los bajos costos que un ataque aéreo implicaría para EEUU y la posibilidad de realizarlo desde bases ubicadas en suelo israelí o turco. La novedad del debate, es que ya no son sólo los neoconservadores los que alientan al Presidente Obama a tomar medidas, sino los propios asesores de tendencia liberal dentro de la Administración, así como sus aliados Francia, Reino Unido, Turquía, Arabia Saudita y Qatar.
 
Dennis Ross, quien se desempeñó hasta noviembre de 2012 como principal Asesor sobre Medio Oriente de la Administración Obama, ha pasado a defender públicamente la necesidad de proporcionar “ayuda letal” a los rebeldes sirios. El propio Secretario de Estado, John Kerry -al igual que su antecesora Hillary Clinton-, parece ganado para un rol más activo de EEUU en la solución de la guerra civil siria. Aun así, el Presidente Obama ha sido muy prudente ante una decisión que considera costosa y muy riesgosa.
 
El grupo de partidarios de un mayor involucramiento en Siria afirma, que a menos que EEUU tome medidas perderá credibilidad internacional; seguirá subiendo dramáticamente la terrible cifra de muertos, heridos, desplazados y refugiados; se producirá un desbordamiento regional del conflicto –hacia Líbano, Israel, Turquía e Irak-; y aumentará la posibilidad de que islamistas radicales tomen del poder en Damasco.
 
Sin embargo, el Presidente Obama desea asegurarse de que con una participación de EEUU la situación en Siria en particular y el Medio Oriente en general no sólo no va a empeorar, sino que realmente mejorará. Desde su óptica, EEUU tiene muy poco que ganar –más allá de privarle un aliado a Irán- y mucho que perder en las arenas de Damasco. Los temores presidenciales van desde que las armas proporcionadas a los rebeldes acaben en manos equivocadas –como el Frente Al-Nusra, que se afilió en abril pasado a Al-Qaeda- hasta que la caída de Assad desemboque en una guerra sectaria incontrolable -y no en una nueva democracia islámica-, transformando a Siria en un “nuevo Irak” justo al lado de Bagdad -que todavía no termina de estabilizarse- o en un nuevo santuario para Al-Qaeda. En el peor de los escenarios, EEUU y sus aliados podrían verse forzados, aunque el Presidente Obama lo ha negado reiteradamente, a poner “botas sobre el terreno”.
 
Aunque todos estos cálculos lucen razonables, son utilizados por los neoconservadores y otros miembros del Partido Republicano como los Senadores John McCain y Lindsay Graham, para delinear una imagen de Obama como “Presidente débil”. Esto no ha hecho mella en el Presidente Obama debido a la clara oposición de la opinión pública estadounidense a un rol más activo de EEUU en Siria. Las encuestas muestran que los estadounidenses se inclinan a cerrar la larga década de guerras que siguió al 11-S.
 
Si de todas formas Obama termina por ser arrastrado al país de Sham, esto implicaría un claro desafío a la “Gran Estrategia” que delineó en su primer mandato, la cual está compuesta de tres elementos, a saber: 1) Evitar involucrarse en nuevas guerras en Medio Oriente; 2) El “pivote al Pacífico”, concentrando el poder de EEUU en la región económica más dinámica del Mundo y donde se presenta el ascenso de China como desafío estratégico; 3) La reconstrucción de las capacidades de EEUU con reformas económicas y sociales domésticas, lo que denominó el Presidente Obama en su discurso inaugural “construcción nacional en casa” (“national-building at home”).
 
La nueva “Gran Estrategia” fue puesta a prueba en Libia en 2011, pero la Administración Obama dejó que sus aliados europeos tomaran el liderazgo diplomático y militar, lo cual llevó a acuñar la frase “Liderar desde atrás” (“Leading from Behind”). Sin embargo, Siria no es Libia, y en esta situación más difícil, los aliados europeos de EEUU se muestran incapaces de tomar la iniciativa.
 
Por otra parte, las negociaciones nucleares con Irán no avanzan suficientemente, e Israel continúa presionando al respecto, por lo cual la Administración Obama busca conservar suficiente margen de maniobra para hacer creíble la posibilidad del uso de la fuerza y tener así una baza para obligar a Teherán a negociar. Las próximas elecciones presidenciales iraníes en junio próximo serán cruciales para saber el curso que tomará este asunto.
 
Empero, la lógica del “pivote al Pacífico” -como la de cualquier estrategia- es de largo plazo y alcance. El argumento central es que Asia-Pacífico es el nuevo centro de la economía global, y que si EEUU no muestra compromiso estratégico con Japón, Corea del Sur y otros aliados asiáticos, así como su voluntad de permanecer como la potencia pre-eminente en esta región, la misma se convertirá gradualmente en una esfera de influencia china. Además, cualquier respuesta al ascenso de China pasa por aumentar el peso relativo de la economía estadounidense frente a la economía china, por lo cual EEUU requiere realizar reformas domésticas para salir del letargo económico que le provocó la crisis financiera de 2007-08.
 
No obstante, los partidarios de un mayor involucramiento en Siria, responden que a menos que EEUU haga algo para culminar esta crisis, perderá su credibilidad a nivel internacional, y los aliados asiáticos de EEUU concluirían que ya no tiene la voluntad de seguir siendo la potencia global más importante.
 
Si tomamos este último argumento como cierto, China temería una acción estadounidense decisiva en Damasco. Pero lo cierto es -retórica diplomática y vetos en la ONU aparte-, que los estrategas chinos celebrarían tras bastidores una nueva intervención estadounidense en Medio Oriente que implique un debilitamiento del “pivote al Pacífico”. De hecho, la Cancillería china celebró la salida de Hillary Clinton –arquitecto de esta política- y su reemplazo por John Kerry, quien se cree tiene mayor interés por el Medio Oriente.
 
Todos estos cálculos explican por qué Obama sigue intentando agotar todas las vías diplomáticas en Siria. Por ello, la Casa Blanca envió a John Kerry a Moscú –en su primera visita como Secretario de Estado a Rusia-, el pasado 7 de mayo. Producto de sus gestiones diplomáticas, Washington y Moscú acordaron resucitar el “Comunicado de Ginebra” de junio de 2012 que estipula la formación de un gobierno de transición, el llamado a una Conferencia entre las partes beligerantes para junio próximo y el acuerdo de colaboración entre los servicios secretos para determinar si Assad utilizó efectivamente armas químicas. Es decir, Washington trabaja ahora en una salida diplomática para acabar con la guerra civil y establecer una Nueva Siria en condominio con Rusia y menos alineada a Irán. Empero, el gran escollo aquí sigue siendo la negativa de los rebeldes sirios a aceptar la permanencia de Assad en un nuevo gobierno, y la negativa absoluta del mismo a marcharse.
 
Osama bin Laden logró distraer a EEUU por un década respecto al ascenso de China; ahora sólo resta saber si el Presidente Obama evitará ser lanzado de cabeza en la piscina vacía siria, y logrará sacar a EEUU de las arenas movedizas del Medio Oriente para pivotar a Asia-Pacífico.

viernes, 26 de abril de 2013

El peculiar “compromiso con la democracia” de UNASUR


Richard Díaz
El pasado 18 de abril se celebró en Lima (Perú), la Cumbre Extraordinaria de Jefes de Estado y de Gobierno de UNASUR y su Secretario General, Alí Rodríguez Araque, convocada por su Presidente pro-témpore, Ollanta Humala, con el propósito de abordar la crisis política en Venezuela abierta tras las elecciones presidenciales del 14 de abril, en las cuales el Consejo Nacional Electoral (CNE) declaró como ganador al candidato oficialista y Presidente Encargado Nicolás Maduro Moros con el 50,75% de los votos, frente al 48,97% del abanderado de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) Henrique Capriles Radonski, quien desconoció estos resultados, denunció el ventajismo oficial y pidió una auditoría ciudadana al CNE. A pocos días de haberse celebrado dicha Cumbre de UNASUR, es notorio observar que dejó más interrogantes que aportes a la solución de la crisis política venezolana.
 
Quedan muchas dudas por despejarse con el desenlace de la reclamación de la MUD y de su candidato Henrique Capriles Radonski ante el CNE, y de ser necesario, la posible impugnación de la elección ante el Tribunal Supremo de Justicia y otras instancias internacionales. Todo esto en virtud de una realidad innegable: al menos más de siete millones de venezolanos cuestionan actualmente la elección y legitimidad de Nicolás Maduro como Presidente, hasta tanto se demuestre que hubo la debida transparencia en el proceso electoral, mediante una auditoría ciudadana a fondo, y con el fin de que esclarecer la verdadera voluntad mayoritaria de los 15 millones de venezolanos que ejercieron su voto.
 
Si bien el inicio de la Cumbre de UNASUR a sólo cuatro días del evento comicial, estuvo marcado por la tensión que produjeron horas antes las denuncias de fraude y ventajismo de Estado por parte del candidato Henrique Capriles Radonski luego del boletín del CNE, es preocupante ver cómo se dio tan rápido la aprobación de la “Declaración de Lima” que respaldó a Nicolás Maduro como Presidente Electo, la misma noche antes del acto de juramentación. Y que vino además del respectivo acompañamiento y legitimación que le brindaron sus colegas mandatarios al asistir al citado acto en la Asamblea Nacional, ignorando así los reclamos de la otra mitad que se manifestaba con cacerolazos en todas partes. Lo que demuestra una vez más que la teoría realista sigue siendo válida para el estudio de las Relaciones Internacionales: Los Estados actúan de acuerdo a intereses en términos de poder y no en base a principios.
 
Esta clásica premisa del realismo político, tan debatida por pesimista en el ámbito académico, ayuda a comprender las siguientes interrogantes: ¿por qué UNASUR actuó de forma tan apresurada en reconocer y legitimar a Maduro,? ¿Por qué no medió ni ha mediado a estas alturas en el conflicto político abierto en Venezuela? ¿Cuál o cuáles son los intereses que han prevalecido? ¿Por qué le ha restado importancia a la crisis venezolana?
 
Para nadie es un secreto a estas alturas que en el seno de UNASUR, al igual que en MERCOSUR, ALBA y CELAC, existen intereses políticos y económicos directos con el petróleo venezolano, principal promotor de esta nueva integración regional basada en una afinidad política e ideológica, pero que busca con la compra de lealtades entre gobiernos, y por encima de prioridades de orden social a lo interno del país, una mayor participación como bloque en el orden internacional. En la construcción de lo que la Cancillería venezolana denomina un Mundo multipolar, pluripolar y multicéntrico.
 
Como sabemos, la actual crisis política venezolana es producto de la penosa confrontación de larga data entre dos mitades claramente opuestas. Si ese reclamo legítimo de Henrique Capriles Radonski llegase a prosperar en el mediano plazo, sin duda quedaría en entredicho la legitimidad, la credibilidad y el futuro UNASUR por el escaso compromiso asumido con la democracia regional en los momentos más decisivos. Esto puede señalarse, porque de forma irresponsable y siendo la única organización internacional que tuvo acceso al proceso electoral a través de la Misión de Acompañamiento Electoral encabezada por Carlos “Chacho” Álvarez, no valoró el alcance del reclamo realizado por la MUD en la “Declaración de Lima”, y en cambio discriminó de oficio al momento de reconocer y legitimar a Maduro sin mayores preocupaciones. Prueba de ello, es el punto 3 de la citada Declaración en respuesta al pronunciamiento vago del CNE comprometiéndose a realizar la auditoría ciudadana: UNASUR “toma nota positiva de la decisión del Consejo Nacional Electoral de implementar una metodología que permita la auditoría total de las mesas electorales”. Esta postura que no ofrece alternativa alguna ni garantiza la paz ni el respeto a la voluntad soberana, deja sin acompañamiento institucional a las partes en conflicto. Si la crisis se origina por las pruebas de irregularidades y la cuestionada imparcialidad del CNE, no se entiende cómo UNASUR “tomando nota positiva” delegue su confianza y garantía en el agente cuestionado: todo un absurdo.
 
Lo correcto era volver a enviar la Misión de Acompañamiento Electoral de UNASUR a Venezuela, para supervisar todo lo necesario para que se diera cumplimiento a las exigencias de la MUD al proceso de auditoría ciudadana, y develar lo que en verdad ocurrió, con el fin de lograr una solución pacífica, democrática y ajustada a derecho, situación trascendental para el futuro de los venezolanos, y en un segundo plano, para la verdadera integración en América del Sur.
 
El artículo 2 del Tratado Constitutivo es muy claro en los objetivos para alcanzar la integración regional, ya que establece “construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión en lo cultural, social, económico y político entre sus pueblos, otorgando prioridad al diálogo político”. Obviamente, ese diálogo político en la crisis venezolana no se dio. No puede haber diálogo político para la paz y la estabilidad regional mientras las discusiones en UNASUR se den a puerta cerrada entre Jefes de Estado y sin la presencia de otros actores perjudicados, maxime cuando también representan a los pueblos suramericanos. Incluso y sabiendo esto, el candidato Henrique Capriles Radonski manejó la posibilidad de presentarse voluntariamente en la Cumbre de UNASUR para llevar su reclamo, pero es comprensible que no acudiera si ese “exclusivismo presidencialista” no le garantizaba su participación. Por eso cabe la pregunta: ¿dónde estuvo la prioridad al diálogo político?
 
Aunque es debatible al momento de una toma de decisión -según sea el caso- determinar hasta qué punto los intereses particulares de los grupos de poder como líderes políticos, empresarios o funcionarios burocráticos, privan o no sobre los principios generales de una nación, de una organización internacional o en este caso de un bloque regional; lo que no se discute son las consecuencias que la decisión acarrea en el tiempo. Es lamentable que los intereses económicos y políticos de UNASUR sean tan determinantes y están por encima de sus mismos principios de “soberanía, autodeterminación de los pueblos, solidaridad, cooperación, paz, democracia, participación ciudadana y pluralismo” que pregonan el Tratado Constitutivo y el Protocolo de Georgetown sobre Compromiso con la Democracia. Esta defensa notoria y confesa de UNASUR al Poder Ejecutivo venezolano, al gobernante de turno y de espaldas a la voluntad expresa de los ciudadanos, hace que añoremos aquellas brillantes actuaciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) en defensa de la democracia, frente a la caída de los regímenes militares del cono sur en los años 80, o más reciente el rol que desempeñó la misión electoral en el 2000, frente a la controversia por la también dudosa tercera reelección de Alberto Fujimori en Perú, entre otras tantas actuaciones en defensa de la Democracia.
 
En resumen, los gobiernos se deben a sus electores quienes ejercen su soberanía mediante el voto. Si la región sudamericana se plantea con UNASUR “construir una identidad y ciudadanía suramericanas”, la organización no puede ser un “club de presidentes” y estar de espaldas a sus pueblos, quienes han exigido y segurián exigiendo pacíficamente que se haga justicia y se respete su voluntad. Y si no, podemos recordar el caso de Paraguay el pasado año donde el pueblo guaraní fue víctima de la injusta exclusión del organismo por destituir al entonces Presidente Lugo apegado a sus normas constitucionales. El caso de Venezuela le brinda una nueva oportunidad a UNASUR para redimirse y comprometerse realmente con sus principios y propósitos. Es momento de reflexionar: o todos somos demócratas, o ninguno lo somos. No existen espacios para medias verdades en un Mundo tan globalizado como el actual, incapaz de desconocer a los actores no estatales que emergen con protestas a cualquier hora y escenario.
 
Como venezolano creyente en la democracia, sólo me toca preguntarle a UNASUR: ¿Por qué no te comprometes realmente con la democracia?